El placer de hacer poco, y despacio

MI PLAN PERFECTO

Publicado: 16 jul 2026 - 07:10
Tarzán y Sam.
Tarzán y Sam.

Hay quien sueña con playas paradisíacas, hoteles de lujo o destinos exóticos. Yo no. Con el paso de los años he descubierto que el verdadero lujo no está en viajar más lejos, sino en vivir más despacio. Mi día de verano ideal no necesita grandes escenarios. Solo precisa tiempo, tranquilidad, y la capacidad de disfrutar de lo que tantas veces pasa inadvertido.

Hay otra costumbre que el verano devuelve a nuestras vidas y que deberíamos conservar durante todo el año: el placer de no hacer nada, aunque suene un poco de esa manera... Durante demasiado tiempo hemos confundido estar ocupados con ser útiles"

Empieza temprano. El verano tiene una luz especial cuando amanece y el calor aún no aprieta. Es el momento de abrir la ventana, respirar hondo y comprobar que, por unas horas, el reloj deja de mandar. Un café tranquilo, La Región entre las manos y esa tranquilidad en la lectura como mejor compañía. Parece poca cosa, pero no lo es, por lo menos para mí. Después llega el paseo con mis dos buenos y leales amigos, Tarzán y Sam, dos preciosos y súper dóciles mastines. No importa demasiado el camino a andar. Lo importante es caminar sin prisa, saludar a quien uno se encuentra, entablar una conversación improvisada y recordar que los senderos y pistas forestales de Piñor también tienen un encanto especial cuando las recorremos a pie. Vivimos tan pendientes de llegar al siguiente destino que hemos olvidado disfrutar del camino. Tarzán y Sam lo disfrutan muchísimo.

El verano también invita a volver a la familia y a los amigos. Una comida larga, de esas que empiezan con el aperitivo y terminan varias horas después, entre risas, recuerdos y conversaciones que no miran el reloj como las del grupo “amigos de toda una vida” y que siempre ha quedado una imagen en el suplemento Vida. Son esos momentos los que permanecen cuando el tiempo pasa. No recordamos qué comimos hace diez años, pero sí quién estaba sentado en la misma mesa.

Procuro encontrar un momento para leer algo. Un buen libro de cualquier género literario bajo la sombra o en una terraza tranquila de Rianxo donde tengo el mar delante. Leer permite viajar sin moverse y, sobre todo, pensar. Y pensar, en estos tiempos de opiniones rápidas y titulares fugaces, se ha convertido en un ejercicio imprescindible.

No concibo tampoco un verano sin dedicar un tiempo a reflexionar sobre el futuro, al pasado miro muy poco, la verdad. Pero descansar no significa desconectar de todo. Al contrario. Es una oportunidad para ordenar ideas, replantear proyectos y volver con más fuerza. Las mejores decisiones rara vez se toman con prisas, por lo menos yo.

Hay otra costumbre que el verano devuelve a nuestras vidas y que deberíamos conservar durante todo el año: el placer de no hacer nada, aunque suene un poco de esa manera... Durante demasiado tiempo hemos confundido estar ocupados con ser útiles. Nos sentimos casi culpables si dedicamos unos minutos a contemplar el paisaje, o simplemente a permanecer en silencio. Sin embargo, es precisamente en esos instantes cuando la mente descansa de verdad. Quizá por eso los mejores recuerdos de mi infancia y adolescencia nunca estaban asociados a grandes lujos, sino a tardes interminables en la playa de Caminha, a juegos sencillos en el parque de San Lázaro, al sonido de una sobremesa familiar o a esa sensación de que el verano parecía no tener fin. Con los años descubrimos que el tiempo es el bien más escaso y, al mismo tiempo, el más valioso. Por eso conviene administrarlo con inteligencia, regalándonos espacios para vivir sin la presión constante de la productividad. El verano nos brinda esa oportunidad. Sería un error dejarla pasar.

Cuando cae la tarde llega uno de mis momentos favoritos. El sol comienza a esconderse y el calor concede una tregua. La luz cambia, las conversaciones se hacen más pausadas y uno comprende que la felicidad está en esas pequeñas escenas cotidianas que tantas veces obviamos.

La noche cierra el círculo. Una cena sencilla, sin complicaciones, una charla sin pantallas de por medio en el porche de casa, y la satisfacción de haber vivido un día sin carreras, sin estrés y sin esa permanente sensación de urgencia que nos acompaña durante buena parte del año. Quizá mi día de verano ideal resulte demasiado sencillo para algunos. No aparecen grandes aventuras ni experiencias extraordinarias. Pero precisamente es lo que más valoro. Tal vez el verano nos recuerde algo que olvidamos con demasiada frecuencia: que tener tiempo para quienes queremos, para conversar, para leer, para caminar o simplemente para contemplar un atardecer es una forma de riqueza que no se puede comprar.

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