Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Le había impactado. Al subir por la calle de la estación y bordear el seminario, se había topado con lo que pensó si sería un conejo colgado en aquella ventana del último piso. Todo esto fue rumiándolo ya metido en la cama, es decir, volviéndolo a su mente como hacían las vacas con sus estómagos. A esa hora entraba en la habitación una mínima luz de aquella farola de la barbacana.
Para parecer mayor, escupía de vez en cuando, como hacían los fumadores empedernidos. Y al fin, escuchándolos, entendió que las liebres son de tamaño mayor que el conejo. Que tienen orejonas y patas fuertes, aunque no sé para qué, pensó, porque a la hora de correr… igual les ganan los conejos
No era capaz de abandonar la imagen de aquel supuesto lepórido que se bamboleaba al relente de aquella ciudad, en la que él se preparaba, si eso, para ser un clérigo de manteo y teja. El colgado no era un lebrato menudo, sino corpulento. Y aunque lo había visto desde lejos, le pareció rollizo. Poner los animales pelados sin su acostumbrado abrigo de piel para que el cierzo o cualesquiera fenómenos atmosféricos le quitasen el olor a monte, era una costumbre que no le hacía ninguna gracia.
Recordó aquellos días de la primera infancia. Comían aquella loncha de queso sentados, algo espatarrados, sobre la cerca de piedra. Mu aprovechaba e iba haciendo preguntas sobre aquello que no entendía. Preguntó primero sobre las liebres y los conejos. Conjeturaba que la liebre era la mujer del conejo. Se rieron los cazadores de él, mientras se pasaban la bota de aquel vino picón, de esa manera nada ofensiva que emplean los viejos para criticar la inexperiencia. Aunque le ofrecieron un sorbo, no lo aceptó para que nadie supiese que no sabía beber de galleta.
Para parecer mayor, escupía de vez en cuando, como hacían los fumadores empedernidos. Y al fin, escuchándolos, entendió que las liebres son de tamaño mayor que el conejo. Que tienen orejonas y patas fuertes, aunque no sé para qué, pensó, porque a la hora de correr… igual les ganan los conejos.
Creía, él, que el mundo de los animales era paralelo al de los humanos y mientras los de aquí nos defendemos con leyes, a aquellos seres, que suponemos infrahumanos, los cazamos, los perseguimos o los atamos al primer poste que encontramos. Y… por supuesto, nos los manducamos.
A eso de las cinco y media de la tarde de aquel domingo en el que los superiores se habían ido de visita de obispo, comenzó a llegar a sus narices de chico un riquísimo olor a carne guisada o frita. En ese momento las monjitas estaban en vísperas. A Mu, como lo veían tan buen rapaz, le invitaron los seminaristas viejos y repetidores a comer de aquello.
No le ofrecieron mucho aquellos cinco larguiruchos, pero suficiente para recordar los guisos de su abuela en la casa familiar.
La noche comenzó a acurrucarse alrededor de la muralla. Se encendieron las farolas con aquella luminosidad amarilla y glucémica. El campanero recordó con tres golpes de campana que era el rosario en la capilla. Al pasar Mu, la madre superiora le hizo un gesto afectuoso y lo llamó a una esquina:
-Querido Mu. Hace días que no vemos al gato. Es negro, gordo y con el morro blanco. Si lo ves avisa a la madre tornera. Gracias guapo.
Creo que Mu ya no cenó aquella tarde noche. Se le revolvió el estómago y entre arcada y arcada, devolvió algún escupitajo.
Desde entonces, entrado el mes de enero, sentía con nitidez un chillido siniestro bajo la luz difusa de la luna. Un maullido, una queja pertinaz, de un dolorido matacán o de lo que fuese aquello.
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