Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Prometo no abrirlo hasta el propio día y lo coloco sobre aquel bufé de madera maciza. Pero voy y vengo y lo miro y me inquieta gratamente su papel transparente azul irisado. La verdad es que no sé por qué al recibir un regalo siento algo extraño, tal vez un poco de vergüenza, o puede ser pudor, a lo mejor sólo vanidad o un poco de complejo de niño de cumpleaños. Nunca sé si debo abrirlo delante del oferente o si debo dejarlo para cuando esté yo sólo frente a él, viendo el milagro, de cómo el cariño convierte cualquier objeto en sagrado.
¿Y si no abriésemos los regalos? Se quedarían siempre ahí. Se habría congelado el tiempo. Eso sería genial pero el tiempo no se deja y se escapa como un gazapo que huye. Deberían prohibirle esa denostada costumbre de escabullirse, de largarse a todo trapo. Porque no hay derecho. Cuando estás celebrando algo, cuando estás en lo más feliz, supongamos cualquier motivo que nos permita alegrarnos, siempre viene una neblina que se pone entre nosotros. Y la gente que quieres se te desdibuja, se va deshilachando, sin saber hasta cuándo. ¡Hasta la vista! les despides, pero sabes que aquello nunca se volverá a repetir y sólo va a ser una foto color sepia o un dígito informático.
Supongamos que no los hemos abierto y dejamos que pasen años y años. Supongamos que los abrimos ahora. Cómo me temblarían las manos: allí estarían las canicas de colores bien variados, estaría el caballo de cartón que, claro, nunca montamos, estaría aquella escuadra y cartabón, aquel compás plateado, aquella muñeca de trapo, que te regaló tu prima, el proyector “Nic” de hojalata verde o unos indios de plástico con sus plumas de guerra y un catecismo del padre Astete por el que nunca rezamos.
Me gusta que alguien se acuerde de que los años son sólo un camino que nos lleva y nos lleva… y nos sigue llevando
Yo que soy un ingenuo prefiero pensar que este año nuevo es, también, otro regalo y hemos de descubrir qué nos han dado. Qué oportunidades explosionarán ante nosotros y quienes, que aún no conocemos, vendrán a visitarnos. Puede que sea aquella persona que siempre estuviste esperando. O puede ser un beso que te den, casi de refilón, inesperado.
Me preguntas si me gusta cumplir años. Hoy con este mundo al que la enfermedad y las guerras han dejado en cueros, cumplir años es una gozada, pero también un recuerdo de cariño para aquellos que también estuvieron y ya no están de esta parte del aire. Por eso tírame de las orejas, me gusta que alguien se acuerde de que los años son sólo un camino que nos lleva y nos lleva… y nos sigue llevando, hasta llegar a donde el rio se detendrá y se convertirá en una laguna grande con cangrejos rojos del revés caminando.
Así deberíamos contar los años hacia atrás y quedarnos en aquella escuela de los niños de cristal, de los pizarrines, de las gomas de borrar. En los guardias y ladrones, en los balones a medio hinchar, en las orquestas de aquellos señores con gorros de plato y dos tambores, o en las meriendas de mi madre con delantal blanco y con tacones. O los días de cine de nuestro barrio, aquel de las dos sesiones.
¿Que si me gusta cumplir años? Mil quisiera cumplir para despertarme mañana y encontrar que me estás mirando. Así simplemente con verte, con saberte aquí mismo al lado, le daré gracias a Dios y serás mi mejor regalo.
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