La plaza de Rairo

Publicado: 22 jul 2026 - 06:55
José Paz
José Paz

Cuando todo está perdido en el centro, hay que buscar en los arrabales. Es casi un mandamiento. La ciudad que se ha vuelto insoportable, tal vez guarde algo sincero en los márgenes. Hay que buscar en otra parte. De lo contrario, caeríamos en la locura. En esta Auria de cataclismo donde podemos ver los dos tiempos sincrónicos, el pasado que todavía asoma en forma de restos patrimoniales y el futuro aplastado de presente, que es un horror de hormigón y talamiento, el paseo por las afuera debería estar prescrito por la seguridad social. Uno se aleja del follón del tráfico, donde no existen las sombras ni los jardines ni la piedad y va recuperando el aliento y las ganas de vivir en la cosa del alejarse, de reconocer algo de vida real (Auria, como toda ciudad enferma, aspira a ser un paseo insulso para turistas de aluvión). Hay que elegir bien bien el desaguadero, porque los barrios que han cinturonado esta ciudad son la mayor parte de las veces peores que el centro y son ejemplos ecuménicos del urbanismo más ramplón, más deshumanizador y violento de este país mediocre engulle-pasados. Pero el pasadizo existe. Todo es encontrarlo.

Si uno escapa hacia la residencia, probablemente después de comprobar cómo han destruido el jardín novecentista de el Posío (el gran crimen que debería perseguir a los hombrecillos de esta corporación municipal hasta la tumba), da el sorpasso a la residencia, se la juega al pasar la vía por debajo y sube colina arriba llega a la plaza de Rairo. Primero son unas huertas más o menos admirables, con su feísmo de plásticos, objetos y basuras indeterminadas (la basura no existe, es la confusión de los hombres al gestionar la vida). Después se aparecen al caminante, algo cansado ya después del pateo, casas en cantería de granito en las que se adivina su antigua forma tradicional bajo una sucesión de reformas y atentados que han pervertido su esencia hasta lo inimaginable.

Entramos, eso sí, sin aceras, en un lugar totalmente cochista, en una plaza de aldea ecuménica, conservada en apariencia pero también enferma de confusión contemporánea

Pero cuando se entra en la coqueta plaza de Rairo sucede una pequeña conmoción. Entramos, eso sí, sin aceras, en un lugar totalmente cochista, en una plaza de aldea ecuménica, conservada en apariencia pero también enferma de confusión contemporánea. A pesar de las ventanas de aluminio, las reformas y atentados horribles, las casas mantienen los machones de granito, se mantiene la fuente histórica donde uno quiere ver a alguien llenando un cántaro y la vieja ermita con su piedra historiada a la sombra de unos humildes pero generosos plátanos de sombra. El rincón es hermoso y en él se esponja el espíritu, pero es inevitable pensar qué habría sido de este lugar de estar en otra geografía vecina, como Francia o Portugal. Por supuesto, no cabrían esa verja de acero inoxidable totalmente descontextualizada, ni las casas especulantes que han dejado crecer hacia arriba, el horrible asfalto del suelo o las ruinas de los edificios mejores, que permanecen exhibidas como una tortura al buen gusto. Pero hay algo en esta plaza. Algo que sobrevive a todos los atropellos de superficie. Un espíritu del lugar, que repara al caminante y le recuerda cómo eran estas aldeítas satélite de la vieja Auria. Esta plaza quiere ser todas las plazas y, aunque traten de sacarle su identidad y convertirla en un no-lugar más, permanece esa paz aldeana, esa forma de almendra que abraza, esa sombra de una naturaleza que era parte de la vida y no algo separado. Venir hasta aquí recoloca los interiores y se regresa de mejor humor, a pesar de todo.

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