La (pobre) plaza de las Mercedes

Publicado: 27 ago 2025 - 00:15
La (pobre) plaza de las Mercede.
La (pobre) plaza de las Mercede. | LA REGIÓN

La cosa del patrimonio es perversa. Todo el mundo aprecia la arquitectura tradicional, lo viejo bien conservado, las construcciones ancestrales, los edificios antiguos y reformados con gusto. Pero casi nadie lamenta cuando destruyen en silencio, cuando amputan o amalgaman en un feor insoportable. En varios de los pocos bares que he entrado últimamente, todos sin excepción horrores reformados con muebles de baratija y una falta total de carácter, mostraban en las paredes fotografías del Ourense antiguo, como certificando que ellos también han colaborado en destruir el patrimonio de la ciudad que un día fue bella y que exhiben como la calavera de un bicho muerto. En este país de cabecitas negras, la violencia hacia el pasado material es sistemática. Toda la sociedad está organizada para autoliquidarse en un horror sin memoria: Cada alcalducho, cada promotor, cada burócrata, con la complicidad del arquitecto (que se le supone gente educada en la belleza, pero certifican obra a obra que no son otra cosa que peleles) parecen tener la obligación silenciosa de destruir un paisaje, de dejar su marca por encima de lo que ya está. Una destrucción deliberada para que nadie sea capaz de recordar los lugares donde creció y fue feliz sin lamentarse. Cuando destrozan lo de todos nos roban las memorias de la infancia y la infancia es el gran patrimonio de una vida.

Hace algunos días me senté un ratito junto a la fuente de la plaza de las Mercedes, la que fue A pía da casca

El paisaje es un bien común. Ni los edificios ni las plazas son de individuos aislados que puedan hacer con lo suyo lo que les plazca. El patrimonio pertenece a la comunidad, como el bosque. El destino tiene que arbitrarse en colectividad y con la responsabilidad de jugar con la memoria y la cultura de todos. Casi siempre, la máxima taoísta del no hacer, el wu wei, sería lo más acertado. ¡Cuántas manos institucionales firmantes de proyectos tendrían que haber sido mordidas por las fieras antes de arrastrarnos a estas pesadillas! Cada vez que se cargan una calle, un edificio o una plaza, a los ciudadanos sólo nos queda seguir deambulando por esta cosa insoportable, rehaciendo la vida como se puede, haciendo como que no pasa nada, haciéndole sitio al muerto, como en la vida, pasando página para poder sobrevivir. Se entiende la ciudad como una urbanización de disgustos, un raspador de pasados, un vaciador de recuerdos, superponiendo una cosa patana, de mala calidad arquitectónica y espiritual.

Hace algunos días me senté un ratito junto a la fuente de la plaza de las Mercedes, la que fue A pía da casca, donde lavaban las pieles los antiguos curtidores. Bajo la bulla del tráfico, que pasa impune por las calles peatonales y el estruendo de las escaleras automáticas vecinas, que habrá que retirar cuando gobierne alguien honorable, me dediqué a recordar la plaza de cuando era niño, con las maravillosas losas de granito, desgastadas de siglos de personas y caballerías, y el resto de la plaza en tierra, que dejaba respirar al suelo y descomponer las hojas. Era entonces un lugar orgánico, con sabor de aldea y en paz con el mundo. Esta reforma ha sido una de las más siniestras y patéticas del pasado reciente de la ciudad. Y ahí sigue, años después, después de dinamitar un verso de Valente en una cascadita ridícula, angulosa y completamente innecesaria. El daño está hecho y es irreparable, pero hay que regresar a los rincones que recordamos e invocar al genio del lugar que han cercenado los mediocres. Hay que pensar y sentir fuerte los espacios destruidos e intentar hacer de este horror de superficie algo eterno. Y así será, al menos, en lo que nos dure la cuerda.

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