Chito Rivas
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A estas alturas, medio mundo sabe ya que el premio Aena de narrativa se ha fallado y entregado. Y lo sabemos, porque dicho premio asciende a la redonda y abultada cifra de un millón de euros para el ganador, ganadora en esta primera ocasión, la escritora Samanta Schweblin. Salvo los autores, que mayormente se han felicitado por estas cuantías y a alguno liberará de los pisos compartidos y neveras vacías, al resto de los mortales tal largueza les parece un despilfarro de pólvora del rey. Se argumenta que una empresa pública, cuyo objeto social es la gestión de los aeropuertos, se mete en corral ajeno y de dudoso sostenimiento futuro, provocando un efecto de engorde contagioso en el resto de premios que se conceden, varios miles solo en nuestro país.
“La cultura es una forma enfermiza de vida”, decía Josep Pla, atribulado por la insuperable torpeza de la suya para las cuestiones prácticas. La misma Schweblin, agudeza doble de mujer y argentina, señaló con antelación a saberse ganadora de tamaño botín, que lo imposible o impensable de pronto aparece y quiebra las ideas que tenemos sobre lo que es normal. Una vez sabedora del súbito enriquecimiento, la autora de El buen mal ha reconocido que su única y modesta aspiración era tener un sueldo fijo a fin de mes. Una versión de lo imposible hecha realidad: material de sus propias ficciones. La cultura como forma enfermiza de la vida.
Marc Fumaroli, que era un estiradísimo académico francés, señaló que el hombre necesita una cultura para adaptarse a la naturaleza. Las cosas más simples, hacer fuego, pescar, comer, abrigarse, precisan de un aprendizaje y unas mañas, las que Pla no tuvo, pero hay otras, relacionadas con la cultura, en sus bandas marginales de espuma y frivolidad, a las que uno se adapta de forma inmediata, sin entrenamiento ni experiencia previa. A la inteligentísima Samanta Schweblin, que a sus 48 años ha escrito una colección de brillantes paradojas de sí misma y del mundo familiar o más cotidiano, le llega para afirmar que somos bichos que nos acostumbramos muy rápido a todo; “nuestra sociedad es normalizable”. Antes de dejarnos ir por esta pendiente, la escritora afincada en Berlín nos señala una puerta de salida, quizá una de embarque hacia el optimismo, no necesariamente mediatizado por los premios abultados: “nuestra normalización de lo anómalo significa que las cosas también podrían tomar otra forma y ser de otro modo”.
Entre los finalistas del Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, estaba Enrique Vila-Matas. Alguien para quien las anomalías han sido siempre la tinta de su escritura. Una vez, recordando a Duchamp, escribió: “Espero que haya un día en que se pueda vivir sin tener la obligación de trabajar”. Casi lo logra.
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