Pilar Cernuda
CRÓNICA PERSONAL
Aquí no dimite nadie
Ahora que las pinturas menos conocidas de Virxilio vuelven a exponerse en Ourense, su ciudad, la primavera puede darse por iniciada. No es mal motivo para celebrarla, como tampoco el centenario, que ahora se cumple, del nacimiento del artista que nos dejó en 2011. En poco tiempo han desaparecido quienes durante décadas ocuparon el centro de la escena pictórica en la ciudad: De Dios, Xaime Quessada, Virxilio Fernández Cañedo, Vidal Souto y más recientemente, Alexandro. El arte en la ciudad, como la cultura en general, está en fase de repliegue, acosada por la ignorancia y la vulgaridad, la ausencia de espacios donde compartir experiencias y alumbrar el entusiasmo que, en sus mejores momentos, concita.
Las telas y táblex de Virxilio han sido siempre un homenaje a las tareas del campo y a los paisajes rurales. La naturaleza de A Rabeda, a la que durante años y antes de trasladarse a las alturas de Tamallancos se asomaba la mirada de Virxilio, o las escenas de vendimias, siempre realzadas con una sensualidad explícita, han sido los temas que junto al Entroido o las sesiones nocturnas de jazz, fueron más queridos por el arte de Virxilio. Y sin embargo, lo que nuestra mirada reposada retiene de sus obras es el color y la materia. El color, que unas veces corresponde a las auroras rosadas y otras, en azules y violetas, a la hora indecisa inmediata anterior al lusco e fusco. En su obra gráfica y trabajos de ilustración, son los colores planos y densos los que llaman nuestra atención por encima de la anécdota, aunque esta sea en ocasiones, como la de Mozas á ventana o la carpeta dedicada a Diego Sarmiento de Acuña, Conde de Gondomar, pequeñas orfebrerías de encanto y atención a los detalles.
Y está la materia. Los horizontes de los paisajes de Virxilio se cierran a menudo con las formas redondeadas de los antiguos macizos de la geografía ourensana. Formas curvas y blandas que se repiten en los solemnes frisos, siempre en la natural tradición del románico y el barroco, de las siluetas y aderezos de las mujeres atareadas en las labores del campo, en los frutos recogidos o la vegetación. Trazos amplios y gruesos que son coladas de finas arenas compactadas por la pintura, un relieve que refuerza lo táctil y sensual, casi escultórico, de estas obras “virgilianas” que, en ocasiones, se combinan con trozos de tela adheridos e intervenidos por la mano del artista.
La primavera, que ya está aquí, trae esta colección de obras de Virxilio al centro Marcos Valcárcel. Son un reencuentro con su obra y la oportunidad de recordarnos la inmediatez del mundo rural y sus ciclos eternos: un anuncio de antiguos tiempos comunitarios, fartura y naturaleza.
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