El primer día

Publicado: 10 sep 2026 - 04:48
Opinión en La Región
Opinión en La Región | La Región

Siempre era un domingo interminable, repleto de aromas y texturas que reconocíamos solo una vez al año. Forrábamos cada libro con esmero, armábamos el estuche con lápices y bolígrafos por estrenar, doblábamos el uniforme como si fuéramos de boda, con un sosiego inédito. Qué lejos parecía ya el fulgor de la noche de San Juan, el primer chapuzón de un julio en espera, o los días de playa agosteña sin final. Qué lejos todo, y qué grandes los horizontes de la duda ante el nuevo curso. Y solo una certeza: nada sería igual.

En el autobús, Los 40 Principales, la timidez del reencuentro con el amigo, el enigma de la ausencia de otros, y la mirada de reojo a los rostros de estreno. Buscar la nueva clase, adivinar las obras en el colegio, detenerse en el tablón de anuncios. El trueno amable del primer profesor, aún trufado de los goces del verano, la risa contenida de los grupos de estudiantes de antaño, el relato a brochazos de lo mejor de cada modo de veraneo, de cada destino playero.

Las primeras horas son de adaptación, las últimas, del día 1, una sucesión interminable de trámites escolares, mientras el cuerpo acomodado de vacaciones pide su turno y desea con toda su alma el final de la jornada, y el regreso a casa. El recreo era un balón rodando, las presentaciones, un páramo burocrático, y la sirena que nos devolvía al aula todavía no nos parecía un juez inclemente y sádico, como lo sería con el trascurrir de las semanas, cuando el corazón del invierno se decidiera a hacernos temblar.

En estas fechas me veo a menudo en el rostro de los zagales que cruzan como alma en pena las calles para auparse a los primeros días de colegio tras el verano. La cara de sueño, el moreno empezando a desteñir, la mochila todavía resplandeciente, la inconsciente sonrisa de quien no sabe aún lo que le espera a la vuelta de la esquina, cuando los maestros comiencen a derramar por cada rincón de la clase montañas de conceptos, temas, definiciones y ejercicios. El reto del conocimiento se nos volvía muchas veces el reto del aburrimiento.

A veces, en la vuelta al cole, ya no tienen nada nuevo que contarse. Es mejor ahora, supongo, pero había una lección interesante en aquella desconexión, y en la dificultad de volver a cuadrar afinidades después de un verano

Cierto que nuestro reencuentro con los amigos lo era de verdad. Durante casi tres meses no teníamos contacto con la mayoría de ellos. Quedar, contarse, era levantar un teléfono fijo y comportarse como un adulto, con gran educación hablarle al padre o a la madre, hasta escuchar la voz sorprendida del chaval al otro lado. Hoy la interacción de móviles y mensajería hace que los veranos sean menos inhóspitos, y que los chicos no pierdan del todo el contacto con los amigos. A veces, en la vuelta al cole, ya no tienen nada nuevo que contarse. Es mejor ahora, supongo, pero había una lección interesante en aquella desconexión, y en la dificultad de volver a cuadrar afinidades después de un verano. Nadie cambia tanto a lo largo de una vida como dos amigos de diez, doce o quince años que no se han visto durante más de dos meses.

El curso nuevo tenía algo de aventura, como adentrarse en una tierra por explorar, con las ilusiones aún a flor de piel que los meses y las largas horas de estudio terminarán por calmar, convirtiendo el ritual del alumno en una simple obligación, quizá una responsabilidad. Abrir los libros nuevos todavía no era respirar el aliento del infierno, incluso nos amanecía en el estómago una extraña sed de conocimiento, esa punzada seductora de descubrir cosas nuevas, de adentrarse un poco más en la gran selva de la verdad.

El primer día de colegio de cada año es una de esas experiencias que de pronto desaparecen, y es casi imposible ser consciente en ese instante de que nunca más las viviremos. Nunca sabemos cuándo será la última vez de algo o con alguien, y quizá no lo aprendí hasta pasados los años, cuando me di cuenta de que algunos de los compañeros que despedí con ordinaria rutina en el último día de COU, pese a haber estado trece años a mi lado cada día, nunca más volvería a verlos.

Hay una lección también para los adultos en el primer día de los niños de hoy y de siempre. Recordar que ese inicio, como tantos rituales de la vida, no se repite, que debemos prestar atención a las emociones y a las personas, ahora que estamos siempre tan distraídos, porque solo al cabo de los años comprendemos –siempre tarde- que el tiempo es el mayor ladrón de guante blanco de la historia.

Contenido patrocinado

stats