José Luis Gómez
CUENTA DE RESULTADOS
Problemas económicos, pero no pánico
CUENTA DE RESULTADOS
La tensión en Oriente Próximo recuerda hasta qué punto el sistema energético mundial depende de una geografía política frágil. La ofensiva militar lanzada por EE UU e Israel contra Irán eleva la tensión en el Golfo Pérsico y sacude los mercados: tiene ya dimensión regional, pero la reacción de los precios del petróleo sugiere que, al menos por ahora, los inversores confían en que el conflicto no derive en una interrupción masiva del suministro, a sabiendas de que verdadero alcance de esta crisis dependerá de la duración de la guerra.
Eso no significa que el impacto sea irrelevante. La gasolina en España, a 1,6 euros por litro, registra ya su mayor subida en ocho meses y el barril de petróleo se sitúa en máximos de tres meses, a 89 dólares. Es fruto de la inquietud que provoca cualquier perturbación en una región por la que circula una parte esencial del crudo. Pero la subida, por ahora, dista mucho de las sacudidas que acompañaron otras crisis energéticas recientes. Aun así, la guerra en Irán amenaza con elevar la inflación por encima del 3% y restar dos décimas de crecimiento a España, según Funcas, que prevé consecuencias moderadas si el conflicto se prolonga tres meses, pero un escenario más negativo si se enquista.
El trasfondo del conflicto, sin embargo, va más allá del precio del petróleo. La presión sobre Irán no solo golpea a Teherán. También altera el delicado equilibrio energético sobre el que descansa buena parte de la estrategia de China. Para Pekín, Oriente Próximo sigue siendo una fuente esencial de hidrocarburos. Buena parte de ese suministro llega por rutas marítimas que atraviesan puntos estratégicos tan vulnerables como el estrecho de Ormuz. Por eso, cuanto mayor es la incertidumbre en el Golfo, más atractivo resulta para China diversificar su suministro energético hacia rutas terrestres. Y ahí aparece Rusia.
La presión militar de EEUU sobre Irán sacude el tablero energético global: China mira a Rusia, mientras sube la gasolina en España
La cooperación entre Moscú y Pekín ha crecido en los últimos años. El gasoducto Poder de Siberia ya transporta gas ruso hacia el noreste de China, mientras que el proyecto Poder de Siberia 2 –en negociación– podría multiplicar los volúmenes exportados en la próxima década. Un escenario de inestabilidad prolongada en Oriente Próximo aceleraría esa convergencia.
Para China, reforzar la cooperación energética con Rusia tiene una lógica estratégica evidente: reduce la dependencia de rutas marítimas vulnerables y diversifica el origen de sus suministros. Para Moscú, consolidar el mercado chino supone afianzar el giro hacia Asia que ha seguido a la ruptura con Europa tras desatar la guerra en Ucrania.
Rusia observa la crisis con una mezcla de cautela y oportunidad. El Kremlin no tiene interés en un colapso del régimen iraní que altere el equilibrio regional y comprometa sus propias redes de influencia, pero tampoco está dispuesto a implicarse militarmente en su defensa.
Mientras gestiona ese equilibrio, Moscú aprovecha las ventajas estratégicas que ofrece el momento: unos precios energéticos más altos, una mayor distracción occidental respecto a la guerra en Ucrania y una oportunidad para reforzar su asociación con China. Como recuerda la analista Mira Milosevich-Juaristi en un informe del Instituto Elcano, el zar Alejandro III sostenía que Rusia solo tenía dos aliados: su Ejército y su Armada. La Rusia de Vladímir Putin parece haber añadido un tercero: los hidrocarburos.
@J_L_Gomez
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