Julián Pardinas Sanz
La defensa de los intereses de Galicia
EL ÁLAMO
A Sánchez le salió mal lo de su documental de endiosamiento. Costó un dineral, ninguna televisión quiso emitirlo, y una de las productoras que lo impulsó se arruinó y tuvo que ser rescata con suculentos contratos con RTVE. Aunque el guion de convertir al presidente en Kennedy era demasiado grotesco incluso para catalogarlo como ciencia ficción, en La Moncloa están sacando réditos de la capacidad de inventiva de los fontaneros de Sánchez que impulsaron la idea, hasta el punto de que son ya la mayor productora de historias para no dormir de España.
Hace un mes que el diario ABC desveló que Iván Redondo y Paco Salazar –que dejó todos sus cargos en el PSOE tras las acusaciones de acoso- regraban a La Moncloa como asesores externos. Como Redondo ahora es consejero extraoficial, es fácil seguir sus reveladoras opiniones sobre comunicación política en diferentes medios. Uno de sus consejos más osados a Sánchez cobra hoy más sentido que nunca: “abandona el miedo y vuelve a la audacia”. Y esto es en lo que está el presidente: cuando más asustado está por el negrísimo horizonte judicial, ha elegido la audacia, el ataque.
Esta vez no se trata de golpear a los ciudadanos con largas epístolas. Es la hora de las grandes producciones. Lo urgente es distraer el foco mediático que durante meses calienta las sienes a su núcleo duro, ahora con pijama de rayas. La estrategia sanchista es un clásico:
Ejercicio de memoria socialista. González utilizó el show fiscal de Lola Flores para diluir en los medios el aluvión de escándalos: Caso Juan Guerra, Filesa, fondos reservados, y por supuesto los GAL. El 2 de mayo de 2007, con las elecciones municipales a la vuelta de la esquina, y el Gobierno en mínimos de popularidad, Zapatero se planta en Málaga, visita por sorpresa una comisaría, da un mitin en Marbella erigiéndose como adalid contra la corrupción, y clama por ayuntamientos que velen por todos los ciudadanos “y no sólo por algunos, por muy famosos que sean”. Horas después, cámaras de televisión de todo el mundo retransmiten casi en directo una de las detenciones más famosas de la década: la de Isabel Pantoja. En ambos casos, no se habló de otra cosa durante larguísimas semanas.
Va todo tan rápido que alguno ya se habrá olvidado, pero a finales del 2025, cuando los acosos sexuales era tendencia en el PSOE, incluso el del propio Salazar, asesor principal de Sánchez, los amos de la productora de humo trataron de convertir en un escándalo la surrealista denuncia de una mujer a Adolfo Suárez por supuesta agresión sexual en los años 80. Para tal campaña entrevistaron a la mujer a todo trapo en la televisión del Gobierno, lanzaron a todos sus influencers habituales en las redes, y escogieron como diana a un muerto que, por razones del crucial hecho biológico, no pudo defenderse.
Es el mismo Gobierno que ha sacado a pasear la momia de Franco quinientas mil veces. El mismo que armó un globo con el pico de Rubiales. El mismo que esta semana, de la mano del periodista favorito de Sánchez, lanzó en El Diario una película de terror contra Julio Iglesias, atribuyéndole, además del título de cabrón mayor del reino, increíbles hazañas físicas para alguien a quien vimos hace ya seis años caminando por la playa con extrema dificultad, a duras penas sostenido por tres personas para no estrellarse contra el suelo.
Por supuesto, ni Suárez ni Iglesias son sospechosos de haber votado al PSOE. Y si lo del expresidente fracasó por grotesco, en esta ocasión se ha empleado otra táctica que también suele defender Redondo: la concreción extrema de los pequeños detalles como forma de dar veracidad a casi cualquier relato.
Al instante de publicarse, las redes se llenaron de videos remotísimos, tanto de supuestas actuaciones machistas del susodicho, como de la estrecha relación con Feijoo, que hasta hemos visto al líder del PP decir en un video extraviado de El Hormiguero que Julio Iglesias es poco menos que su único dios.
¿Cómo se lo digo, señores? Por mi parte, si quieren robar, ponernos balizas obligatorias hasta en las bolas para caminar por calle, y seguir con la costumbre de pagar favores sexuales con dinero y cargos públicos, está todo bien, ya me da lo mismo. Lo único que pido, por el amor de Dios Nuestro Señor, es que no nos sigan tomando por gilipollas.
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