La próxima primavera

TINTA DE VERANO

Publicado: 25 mar 2026 - 01:05
Opinión en La Región
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En una conmovedora columna publicada el domingo pasado en este periódico, alejándose de su incisivo estilo habitual, un colaborador de La Región ponía sonido a la llegada de la primavera, homenajeando a su madre fallecida, que asociaba estas fechas con el canto del cuco; esa melodía simple que da nombre al propio pájaro -cuculus canorus- y que es el reclamo utilizado por el macho para marcar territorio y atraer a las hembras.

El cuco es un ave fascinante, por diversos motivos; entre los cuales quizás el más conocido es el parasitismo de su puesta, porque este pájaro no construye nido ni cuida de sus crías: es un migrador transahariano -muy relacionado en verdad con la primavera- que llega Europa justo cuando sus potenciales “víctimas” (otras aves como los carrizaleros o los petirrojos) están empezando con su temporada de cría.

Así, la hembra vigila nidos de otras especies esperando a que los dueños se ausenten y deposita allí un solo huevo que imita el color y patrón de los del nido ocupado. Al nacer, el polluelo de cuco expulsa del nido los huevos o crías legítimas de sus “padres adoptivos forzosos” para quedarse con todo el alimento. Esos jóvenes, nacidos en nidos ajenos, migran solos hacia África meses después guiados puramente por el instinto.

Para alcanzar su propósito, el cuco emplea una de las estrategias más brillantes de la naturaleza y que forma parte de su propia evolución biológica. El ave ha evolucionado para parecerse físicamente a un gavilán o a un pequeño halcón (proceso que se conoce como “mimetismo batesiano”); y lo hace por una razón táctica: su silueta gris, sus alas puntiagudas y, sobre todo, su pecho barrado con rayas horizontales aterrorizan a los dueños del nido.

El mimetismo batesiano se produce cuando un organismo que es inofensivo evoluciona para parecerse físicamente a un depredador que es poderoso o amenazante

Al confundirlo con un ave rapaz que viene a cazarlos, los pájaros pequeños huyen del nido para ponerse a salvo o para intentar distraer al presunto depredador lejos de sus huevos; lo que deja el nido totalmente desprotegido apenas unos segundos. Pero ese breve momento de pánico es todo lo que la hembra de cuco precisa: en apenas unos segundos, se posa en el nido ajeno, se traga uno de los huevos originales -para que la cuenta encaje- y deposita el suyo.

El mimetismo batesiano se produce cuando un organismo que es inofensivo (comestible, sin veneno o sin aguijón) evoluciona para parecerse físicamente a un depredador que es poderoso o amenazante. Pero, para que este truco funcione, se deben cumplir dos reglas de oro: pocos farsantes (si hay más imitadores que modelos reales, el truco dejará de funcionar); y vivir todos en la misma zona (donde los otros animales conocen y temen al modelo real).

La naturaleza nos enseña así -con el cuco como ejemplo paradigmático- que, en ámbitos locales, a veces, aparece ese pájaro farsante que pretende aprovecharse de los demás haciéndose pasar por lo que no es en realidad, con el parasitismo por bandera. Menos mal que, según parece, con el paso de los siglos, las aves parasitadas ya han aprendido a identificar huevos extraños y a expulsarlos de sus nidos.

Cuánto se puede aprender de la madre naturaleza. Ojalá cada primavera esa dulce musiquilla, que tan bien imitan los relojes suizos de pared, además de acompañar la caricia del aire templado en el rostro, o de devolvernos por un momento a la infancia, nos recuerde que cabe desarmar la estrategia del cuco desenmascarando a los pájaros farsantes. Frente al mimetismo batesiano hay salida. Bastará con advertirlo, al menos, la próxima primavera.

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