El pueblo que se llena una semana

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Publicado: 23 ago 2026 - 05:55
Opinión en La Región
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Hay pueblos en esta provincia que durante una semana de agosto multiplican por diez su población y el resto del año caben en dos calles. La orquesta monta el escenario el viernes, el bar saca las mesas hasta el borde de la carretera, y el martes siguiente todo ha vuelto al silencio de siempre: doscientos vecinos, una tienda, misa los domingos. He visto esa escena muchas veces y todavía me impresiona la velocidad del cambio. El sábado no cabe un coche. El miércoles no pasa ninguno.

A mí, que llevo veintidós años dirigiendo una empresa, ese contraste me parece la mejor clase de gestión que se puede recibir en agosto. Porque el asunto de fondo en esos pueblos no es la fiesta. Es para qué tamaño se construye. Si se dimensiona para el sábado de la orquesta, sobra sitio once meses y medio. Si se dimensiona para el martes de noviembre, el sábado se colapsa y todo el mundo se marcha con la sensación de que aquello no funcionó.

O montamos una estructura pensada para el pico y luego pasamos el resto del año pagándola, o vamos justos siempre y cuando llega el momento bueno no somos capaces de atenderlo

En las empresas ocurre lo mismo, aunque lo llamemos de otra manera. Casi todos los negocios tienen su semana de fiestas. La campaña de Navidad, la temporada alta, el mes en que se cierran los presupuestos, el trimestre que decide el año. Y casi todos cometemos uno de los dos errores. O montamos una estructura pensada para el pico y luego pasamos el resto del año pagándola, o vamos justos siempre y cuando llega el momento bueno no somos capaces de atenderlo. Los dos errores se parecen en algo: casi nunca se eligen. Se heredan de un año en que aquello tuvo sentido.

Conviene aclarar lo que no estoy defendiendo. No defiendo la empresa mínima, la que va al límite todo el año y presume de ligera. Esa acaba quemando a su gente justo cuando las cosas van bien, que es la forma más absurda que existe de castigar el éxito. Tampoco defiendo lo contrario. Defiendo saber cuál de las dos cosas se está haciendo, y hacerla a propósito. Dimensionar para el pico es una decisión legítima si uno sabe lo que cuesta sostener el llano. El problema no es el tamaño. Es descubrirlo en enero, cuando ya no hay margen para corregir.

Hay una tercera vía que los pueblos conocen mejor que muchas compañías. Nadie contrata a cincuenta camareros todo el año para las fiestas. Se monta lo que hace falta, se desmonta y lo permanente es otra cosa: quien sabe organizarlo. Trasladado a una empresa, eso no es precariedad. Es distinguir entre lo que tiene que estar siempre, que es el criterio, y lo que puede venir y marcharse, que es la capacidad. Confundir las dos sale caro en ambas direcciones, y casi siempre se acaba pagando con las personas.

El ejercicio de esta semana es sencillo. Coja el calendario del año pasado y marque cuántas semanas fueron de verdad de pico. Suelen ser bastantes menos de las que uno recuerda. Después pregúntese qué parte de su estructura existe por esas semanas y qué parte existe porque nadie ha vuelto a mirarla. La segunda respuesta incomoda más que la primera, y es la que de verdad explica el año.

Escribí el domingo pasado que septiembre se decide en agosto. Esto es la misma idea mirada desde otro sitio. Las decisiones de tamaño no se toman en el momento del pico, cuando ya no hay tiempo ni cabeza. Se toman ahora, en la semana tranquila, cuando el negocio enseña su forma real porque no hay ruido que la tape.

Y luego está lo que más me gusta de esas fiestas, que no tiene nada que ver con la gestión. Toda esa gente que vuelve una semana al año a un sitio donde ya no vive, que aparca mal, que se abraza en la plaza con quien no ve desde el verano anterior y que el martes se va otra vez. Sostienen un lugar que no habitan. No hay contrato que explique eso, ni indicador que lo recoja, y sin embargo es lo único que impide que muchos de esos pueblos hayan desaparecido ya. Las empresas también tienen personas así. Gente que estuvo, que se fue bien y que sigue recomendándote diez años después. Hay lealtades que no aparecen en ninguna cuenta y que sostienen más que casi todo lo que sí aparece.

Un pueblo, como una empresa, no se mide por el día que está lleno. Se mide por quién sigue allí el martes siguiente.

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