Pilar Cernuda
CRÓNICA PERSONAL
No nos lo contó nadie del Gobierno
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
La puerta de Auria tendría que ser el barrio de A Ponte. A las ciudades debe llegarse caminando o en tren. Llegar despaciosamente. E ir ingresando en el vividero por las primeras costuras, comprender la salpimenta de casas y barrios hasta conocer la intimidad de un lugar, que debería guardarse del coche y de toda infección de ruido con intenciones reales y pensadas. Todo el mundo sabe que el tráfico no se pacifica instalando bicicletas de alquiler sin una planificación urbana, que eso sólo generará accidentes y nuevos ciclistas heridos tras ser lanzados a las calles-autopista o, aún peor, a peatones inocentes, que, además de los patinetes eléctricos, deberán enfrentarse ahora a bicicletas por las aceras en este asunto dificilísimo que es caminar en paz. Pero volvamos al barrio de A Ponte. A la estación de ferrocarril, con sus maravillosos murales costumbristas, que son una belleza infinita que nos hacen mirar hacia arriba y así elevar con la mirada el pensamiento. Esa estación-empalme tan rescatable, aún con la reforma de plaza dura sin sombra que le han metido entre pecho y espalda, que Auria sueña con ser la ciudad más desarbolada de España.
Pero miremos enfrente. Miremos con ojos de chino. Admiremos ese edificio en dos tramos que se abre como un abrazo para recibir al visitante. Un edificio maravilloso, en piedra morena, que alterna hermosos balconcitos con ventanas que se abren como ojos y cuerpos que sobresalen en los lados para enmarcar este trocito de ciudad en un gesto de amor. Este edificio es puro urbanismo. En él hay intención. Alguien soñó estos muros como una plaza que saluda a la estación, como un espejo proporcionado, con una altura discreta, una propuesta al crecimiento futuro del barrio, que ya se han ido encargando los posteriores de truncar con bloques de pésimo gusto, alturas abusivas, voladizos especulantes. Este edificio traía consigo una idea de ciudad, con buen chorro de luz, sin competencias ni abusos, donde pueda correr una buena brisa que refresque las cabezas de los vecinos, con pequeños jardines para el esparcimiento, donde proponer humanidad y cercanía, donde celebrar la comunidad, la buena noticia de vivir juntos, que eso deben ser los barrios, una buena noticia y no un infarto constante de tráfico implacable y competición.
Este edificio traicionado por los edificios contiguos, que duele con solo mirarlos, ha sido además traicionado por sus propios habitantes. No sólo han cercenado las ventanas y persianas de madera, con espantosas dobles ventanas de aluminio instaladas donde a cada uno le ha dado la gana. Un gesto que, cualquiera dirá, es pura supervivencia para que no se escape el calor, pero es también una falta de respeto al diseño original, una mutilación de la fachada, una traición que, no por ser una operación recurrente deja de ser intolerable. Y todavía más grave es la mutilación de las puertas principales a las que se ingresa en el edificio. Todas han sido sustituidas por espantos de PVC. Todas excepto una, la que da a la calle Gómez Franqueira, que conserva la belleza original del edificio y que se siente como un reencuentro. Es una puerta de dos hojas en hierro, con los cristales opacos, alternando barrotes y motivos circulares. Esta puerta es la última que mantiene la cordura del edificio, la que ha permanecido fiel. Una puerta con autoridad, que puede que cueste un poquito arrastrar y cerrar, pero la vida también pesa y nos hace humanos sujetarla. Verla es un indicador de posibilidad. Mucho ánimo, puerta que resiste. Tu aguante es el de toda la ciudad.
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