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El fútbol, y el deporte en general, tiene memoria de pez. La foto, casi icónica, de Carlo Ancelotti con gafas de sol y el puro en la boca celebrando uno de los muchos títulos que ha levantado estaba serigrafiada el miércoles en muchas camisetas del Bernabéu. El espíritu del Real Madrid tenía también al italiano como una de las claves para confiar en una remontada que se soñó hasta la noche anterior, se visualizó en la llegada al estadio y se esfumó cuando el balón empezó a rodar. El Arsenal destrozó al equipo blanco en la ida y lo amansó con la misma facilidad en la vuelta. Fue la eliminatoria más desequilibrada de las cuatro.
El Real Madrid logró tumbar, con argumentos y títulos, que el fútbol no va de posesiones o de estilos por encima de las victorias. Colecciona Champions jugando más o menos ofensivo, más o menos dominante y más o menos vistoso. Gana compitiendo mejor que cualquier rival. Por eso, sabe mejor que nadie que la temporada actual está siendo inaceptable. Que ha pasado de perder un partido la temporada pasada a 12 en lo que va de la actual. Por eso el Bernabéu pita, señala y reclama. No por perder, por no competir. Por estarse indigestando con un año en el que se relamían tras la llegada de Mbappé. Hoy Ancelotti es el señalado y el Real Madrid echa humo. La semana que viene, quizá con una Copa más en la vitrina todo vuelva a cambiar. O a empeorar.
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