Manuel Orío
RECORTES
Andalucía pide paso
Cuando los guionistas de la película “Casablanca” escribieron la frase “siempre nos quedará Paris” que el actor protagonista, Humphrey Bogart, le dice a su amante del pasado, Ingrid Bergman, nadie podía adivinar que, al presidente de Francia, Emmanuel Macron, le vendría bien para escenificar la nada, que es lo que ahora representa la Unión Europea en la diplomacia internacional, y más concretamente, en la guerra de Ucrania.
En el actual contexto internacional quien pronuncia esta frase del guion geopolítico con golpe de mano en la mesa es Donald Trump
Macron, aficionado a los golpes de efecto y a aparentar liderazgo planetario, aunque en Francia esté tan cuestionado como Sánchez en España, ya prescinde del eje Paris-Bonn para erigirse en mandamás de una Europa desunida y venida a menos por la división y su titubeante política tras la invasión rusa de Ucrania. Junto al “siempre nos quedará Paris”, que en este caso fue un fiasco, la frase final de la legendaria película dirigida por Michael Curtiz se la dice Bogart al capitán de los gendarmes galos, Claude Rains, tras el despegue del avión que se lleva a su amada con su marido, líder de la resistencia antinazi: “Louis, pienso que este es el comienzo de una bella amistad”. Sin embargo, en el actual contexto internacional quien pronuncia esta frase del guion geopolítico con golpe de mano en la mesa es Donald Trump. El presidente de EE.UU. se la dice a Putin, porque entre ambos, y con China vigilante, están creando un nuevo orden mundial al diseñar una paz para Ucrania a la medida de sus intereses sin la participación inicial de Kiev ni de la propia Unión Europea, cuyas fronteras con Rusia constituyen sobrada razón para estar en las negociaciones.
La cumbre del siempre nos quedará Paris terminó sin un acuerdo claro pese a que Macron se hizo el gallito chovinista francés alardeando de hablar con Trump antes de la reunión. Y hasta Paris se fueron los líderes europeos, si es que se les puede considerar líderes, para certificar la falta de consenso en el envío de tropas a Ucrania, y para exigir lo que cualquier parvulario desea en tiempos de guerra: “una paz duradera”. Ahora resulta que la UE tiene prisa por aumentar el gasto de Defensa, aunque la España de Sánchez sigue siendo el farolillo rojo en gasto militar por aquello de que el sanchismo es pacifista en un mundo relativista de guerra permanente. Las negociaciones de paz sobre Ucrania han continuado en Arabia Saudí sin Ucrania ni la UE en otra muestra más de que Washington y Moscú se lo quieren guisar y comer en solitario, dado que la desunión de los miembros de la Unión no ha logrado más resultados que el apoyo económico y moral a Zelensky, sin conseguir que Putin ceda en sus objetivos de expansión para recuperar la grandeza soviética.
La Casa Blanca está harta de poner los muertos y el dinero para financiar la paz en Europa
Donald Trump es un populista peligroso que a veces sabe lo que hace, pero que hay que atarlo en corto y actuar con anticipación a sus movimientos de dominio hegemónico mundial. A Bruselas la ha pillado por sorpresa con los aranceles, con Gaza y con la imposición de una paz dudosa en Ucrania. A Putin le va bien este escenario de pre paz momentánea, porque cuando Trump deje de ser presidente el pequeño zar ruso seguirá con sus planes de reconstrucción de la vieja Unión Soviética en Ucrania, Moldavia y demás repúblicas independizadas. El ejército ruso estaba agonizando por la pérdida de vidas y por falta de financiación de obligada dependencia china. Y esta irrupción de Trump le da oxígeno para rearmarse y blindar su matonismo. Es normal que a los morosos europeos de la seguridad y la defensa como Sánchez se les exija más gasto militar y mayor implicación en el campo de batalla, porque la Casa Blanca está harta de poner los muertos y el dinero para financiar la paz en Europa. Me remito al desembarco de Normandía y los hechos históricos de la segunda guerra mundial. Los aliados ya no lo son tanto y a Europa le faltan liderazgos como el de Merkel y la implicación imprescindible del Reino Unido, cuya espantada con el brexit nos ha sumido en el abandono de un espacio y mercado común.
En este nuevo orden mundial pretendido por Trump hay una coincidencia de intereses populistas radicales que no obedecen a la lógica de la extrema derecha y la extrema izquierda. Esos intereses se supeditan al poder del dinero y del negocio, a la propia contribución a un capitalismo de mercado de economías comunistas como la China y en cierta manera de la nostálgica y ambicionada vieja Rusia. O sea, que Donald Trump es capaz de esbozar un futuro de resort en Gaza y quién sabe si una Ucrania repleta de casinos y torres Trump con los que ampliar sus horizontes empresariales en el reparto de recursos ucranianos. Por eso Macron la ha pifiado con su versión cinematográfica del “siempre nos quedará Paris” a sabiendas de que Donald Trump y Vladimir Putin están al “comienzo de una bella amistad” con la que dominar el mundo del siglo XXI. Quizás sea el momento de revisar ‘Casablanca’ porque ya no quedan héroes como aquellos ni grandes ideales como la lucha contra el nazismo.
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