Solo quedó el silencio

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Publicado: 20 jun 2026 - 06:40
Opinión en La Región
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Desde arriba todo se ve distinto. Como cuando tu padre te subía a caballito. O cuando te asomas al balcón. En el sexo. En la casa del árbol. Desde arriba es más sencillo entender el fútbol, el Risk. Comprender las autovías, los mapas, las rotondas. La sobremesa. Es más fácil entender los tableros, el de ajedrez, el del parchís.

Pero desde arriba también es más sencillo confundir a las personas.

Le sucedió a Hugo aquella vez. Hugo antes era enfermero de la UCI. Ese sitio donde las desgracias más catastróficas se mezclan con actos incompresibles. Objetos atascados en algunos agujeros del cuerpo. Vomitonas de excesos. Los dedos unidos por una gota de Loctite. Pero hubo un día en que Hugo creyó que ya lo había visto todo.

Es lo malo de creer, que no siempre está basado en un fundamento sólido.

La fe, un utensilio ejecutor de realidades.

Buscó el ascenso hacia algo que le enseñase otra perspectiva de las cosas. Al final caminar en línea recta solo te enseña un plano fijo.

Decidió ganar un puesto en el helicóptero de emergencias sanitarias. Hugo también llegó a la conclusión de que desde arriba es más fácil entender algunas cosas, y si no lo entendía, al menos podría concederle a su yo de seis años el deseo de viajar en helicóptero. Pequeñas victorias de vigencia perenne.

Todas las normas de nuevas conductas fueron apareciendo sobre la marcha. Acostumbrarse a los cascos con pinganillo fue lo peor. Nunca antes había escuchado voces tan ordenadas con dicción perfecta.

A la tercera urgencia fueron a recoger a una persona que se encontraba en una de esas casas de pueblo donde los árboles apenas te dejan ver. Donde no hay nada que escuchar. Cumpliendo el protocolo en casos de poca visibilidad, solicitaron a la persona demandante se alejase unos metros de la arboleda y ondease algo de color blanco para facilitar su propia visibilidad.

Tras varias idas y venidas vieron como una señora agitaba una bolsa blanca de plástico. 0,10 céntimos llamando a la tierra. Una pequeña victoria para el reciclaje.

Aterrizaron con cuidado. La señora, de una edad indescifrable entre los 70 y los 100 años, permaneció quieta, quizás sorda, con su rectitud militar y sus zapatillas de trapo de incalculable longevidad. Hugo saltó del helicóptero de espaldas, como en las series de urgencias, pero es que alguna licencia interpretativa se tomaba sin darse cuenta.

Hugo siempre había sido un artistiña.

Como está, qué necesita, tiene alguna enfermedad, y varías preguntas más ante las cuales aquella señora ni se inmutó lo más mínimo con el despliegue. Como Hugo no cesaba en su cometido se dirigió a él: perdone mozo, salga del medio que allí al fondo viene la camioneta del pan y si no me ve la bolsa del super no me para.

A la verdadera urgencia llegaron un poco más tarde. En los pinganillos solo había silencio.

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