Arturo Maneiro
PUNTADAS CON HILO
El ático de Ayuso
Me bautizaron sin preguntar. No culpo a nadie tampoco, la capacidad de decisión no es un acto que se pueda tomar a la ligera, y no tenía yo en aquel momento todavía una opinión inquirida respecto a las creencias religiosas. Tampoco conservo el recuerdo de dicho suceso. La retentiva, históricamente, jugó conmigo al despiste en todas las cosas que no me interesaban.
Apenas tengo recuerdo de la adolescencia. Ni de ti.
Por algún motivo mi familia había decidido ser católica. Ser católico es algo parecido a ser hijo: prometes cumplir un número insultante de cosas que no vas a realizar pero que se resuelven pidiendo perdón y el día a día se convierte en una serie de funciones impostadas que no puedes eludir. Levántese. A dormir. Siéntese. Reza. Agradezca. Paga.
Pero, como bien confesé en otras ocasiones, los adultos tienen la ventaja de haber llegado al mundo antes que los niños, por lo que no existe motivo alguno para no creer en sus doctrinas concertadas.
Si mi familia, en aquel momento, decidió ser católica, qué carallo iba a decir yo el día de mi bautizo.
El día antes de empezar el colegio mamá me explicó que ya no iba a estudiar religión, que habíamos decidido dejar de ser católicos
Estudié en el colegio los testamentos. El viejo y el más viejo. Me salté algunas partes que no comprendía, “los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”, “si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo”, y claro, por qué iba a querer ser yo el último en algo y mucho menos encontrar una razón para sacarme el ojo derecho y tirarlo.
Un día descubrí la única ventaja que el catolicismo podía aportar a un niño de 8 años: la comunión.
Vas a unas catequesis, te enfundan un traje demasiado grande de marinero y te comes una hostia. Las hostias que da la vida. Después organizan una fiesta en tu honor con todos los niños de tu alrededor, amigos o archienemigos da lo mismo, y te regalan decenas de cosas, transferencias bancarias incluidas que todavía no sabes ni entiendes que algún día las puedas necesitar.
El curso escolar en que cumplí ocho años mi único motivo para vivir era hacer la comunión. Le mandé varias indirectas a mi madre. Quizás no la entendió. Es probable que no quisiera entenderlas. Un verano lleno de pequeñas celebraciones litúrgicas. No sé cuántas mesas bendecí aquellos meses.
El día antes de empezar el colegio mamá me explicó que ya no iba a estudiar religión, que habíamos decidido dejar de ser católicos y a partir de ahora iría a una clase llamada Ética donde reunían a los niños cuyas familias no simpatizaban con la iglesia y aprendería responsabilidad, conciencia, libertad, obligación y bien. Me pasé un año entero en el aula de los raros, con el que se comía los mocos y un profesor que fumaba canutos en la ventana.
Me quitaron el catolicismo y la comunión sin preguntar. No culpo a nadie tampoco.
En realidad yo solo quería un reloj Casio con calculadora y una maldita Mega Drive.
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