Rafael Dávila Álvarez
La bandera de España por los suelos
Hay personas que dejan huella por lo que hacen, y otras que la dejan por cómo hacen sentir a quienes tienen alrededor. Tú conseguiste ambas cosas. Nuestra amistad comenzó hace ya muchos años, en el Hospital Provincial. Casi sin darnos cuenta, desde aquellos primeros días formamos un grupo inseparable. Compartimos conversaciones interminables, viajes, comidas, risas, discusiones y también silencios de esos que solo existen entre amigos de verdad.
Hoy, cuando el Colegio de Médicos de nuestra ciudad te concede un merecido reconocimiento, siento que todos los que te quisimos necesitamos volver a nombrarte para que sigas aquí, entre nosotros, aunque haya pasado ya año y medio desde que te fuiste demasiado pronto.
Eras un profesional extraordinario. Vivías por y para la cirugía, por y para tus pacientes. La medicina no era simplemente tu trabajo: era tu manera de entender la vida. Eras empático, cercano, entregado. Defendías con pasión la profesión médica y admirabas profundamente la dedicación de tus compañeros. Siempre encontrabas la manera de poner en valor el esfuerzo de los demás.
Y sí, también tenías tu carácter. A veces aparecía ese pequeño mal genio tan tuyo, imposible de separar de la intensidad con la que vivías todo. Aún puedo escucharte cuando yo me atrevía a discutir contigo algo relacionado con medicina y tú, con media sonrisa y ese tono tan característico, me respondías: “María Antonia, ¿me vas a decir tú a mí…?”, y entonces, nos reíamos.
Me quedan tantos recuerdos. Tu curiosidad infinita por todo, las conversaciones sobre cualquier tema, los viajes, la música que tanto disfrutábamos escuchar. Eras un hombre culto, brillante y, sobre todo, profundamente humano. Admirabas y cuidabas a tu mujer de una manera hermosa. Hablabas de ella con orgullo y con amor. Siempre animándola a crecer, a prepararse más, a buscar nuevos objetivos, a no ponerse límites. Esa forma tuya de querer, incluyo la pasión que sentías por tu hija, decía mucho de quién eras.
Nos quedaron muchas cosas pendientes. No nos dio tiempo. La vida decidió interrumpir planes que parecían eternos. Y entre todas esas cosas pequeñas y grandes que aún íbamos a compartir, hay una que vuelve a mi memoria con especial ternura: aquella comida en el campo que nunca llegó. Un mantel de cuadros rojos y blancos, la bebida enfriando, la conversación al aire libre y nosotros riéndonos de cualquier cosa. Parecía una escena sencilla. Y quizá precisamente por eso era tan importante.
Hoy recibes este homenaje, pero quienes tuvimos la suerte de conocerte sabemos que el verdadero reconocimiento está en la memoria y en el cariño que sigues despertando. Porque hay personas que nunca terminan de irse. Y tú eres una de ellas.
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