Isaac Pedrouzo
¿Quién quieres ser de mayor?
Cuando el señor me preguntó quién quería ser cuando fuese mayor, mi padre serio respondió “no se lo va usted a creer”. A los 14 años muy pocos profundizan en qué clase de persona quieren ser. A mi alrededor todos querían ser Kurt Cobain, Xena, Mijatovic o Alanis. Lo mío era una ironía. Y no es que yo tuviese un ímpetu especial por ser distinto al resto. Al final todos somos diferentes a pesar del empeño idiota de las modas y los medios en querer fotocopiarnos. Mi amigo el Alberto caga sentado desde siempre sobre la taza del váter, Lucía todavía duerme con la luz encendida cada noche por si acaso y Hugo, bueno, Hugo sigue creyendo que al hacerse mayor todo es peor.
Pero es igual.
Mi infancia fue normal. Jugaba al fútbol, escuchaba música y veía las series de televisión embobado con la mirada que pone ese amigo cuando se toma unas copas de más. La visión se vuelve túnel y casi puedes ver a lo lejos, más allá. La mirada de los mil metros. Pero ninguno de aquellos referentes estandarizados me impresionaba en un modo en que se pareciese a algo de lo que yo quería ser.
Ni Brandon, ni Dylan. Ni siquiera Jordan.
Un buen día, lo vi a él.
Fue un viernes por la noche, cuando todas las obligaciones duermen.
Vestía smoking, la raya en la pernera con exactitud matemática, la pajarita ajustada con pericia justo debajo de la nuez. Las gafas redondas exactas a las que yo usaba. Las que todos llamaban parabrisas porque mi cabeza era demasiado pequeña para tales cristales. Y casi como un acto rebelde, entre tantos datos de prototipo establecido, unas Converse All Star saltarinas rompían cualquier protocolo existente en televisión. Adiós mocasines.
Manejaba un late night, que por aquel entonces se llamaba programa de variedades, de una manera diferente. Él mismo presentaba, protagonizaba un sketch, cantaba. Todo era un disparate sin sentido con una coherencia generacional asombrosa.
Intenté detener mi infancia justo allí. Entre todos los “dabuten” las Thalias los Deacon Blue los tres en raya. Me compré unas bambas y me peiné de lado como él se peinaba. Pero el VIP Noche terminó y con su final mi infancia. Los siguientes dos años aquel tipo que era quien yo quería ser, desfiló por varios programas de televisión anodinos con melodías inútiles.
Poco tiempo después se estrenó “Médico de familia”. Un retrato costumbrista de una familia unida pero desestructurada. Y lo vi de nuevo. Sin pajarita ni deportivas. Y me miré a mí, un adolescente insoportable. Con 14 años de edad física, 35 de edad mental. Y sentí de nuevo las ganas de ser como como alguien. Como él. Los ídolos, algunas veces, pueden aparecer incluso en Telecinco.
Cuando el señor me preguntó quién quería ser cuando fuese mayor, muy serio respondí “Quiero ser como Emilio Aragón”.
Lo mío parecía una ironía, quien se lo hubiera creído.
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