Quisiera ser un ave

Desde hace un tiempo, las aves no sólo no escapan volando ante la presencia humana, sino que son los humanos los que se apartan o tienen que apartarse

Publicado: 22 may 2026 - 02:10
Opinión en La Región
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Quisiera ser un ave, y volar por los cielos. Perderme en el ancho mar del momento. Dejar que sea el viento quien impulse mi vuelo. Romper ataduras que impiden mi ascenso. Abrazar la libertad con alas de ensueños… Sí, quisiera ser un ave, y llevarte en mi vuelo”. Ni qué decir tiene que me refiero al ave, animal vertebrado homeotermo, con los miembros anteriores transformados en alas, cuerpo cubierto de plumas y pico córneo sin dientes. Y me atreví a escribir estos versos tras leer días pasados en La Región unos titulares del siguiente tenor: “Las aves, indicadoras de salud de los ecosistemas quemados. Los científicos del CSIC monitorizaron su presencia en comarcas afectadas por los incendios de 2025”.

Tengo el presentimiento, basado en la evidencia y en conversaciones, de que las aves, y en general los animales, cada vez se acercan más a los humanos, conviviendo hasta el punto de haberles perdido el respeto. Siendo niño, en el pueblo, incluso de adolescente ya en la ciudad, las manadas de palomas, al otear la presencia humana, aun estando a buena distancia, levantaban el vuelo hasta desaparecer de nuestra visión. Incluso cuando tenían comida a su alcance, si atisbaban gente, no se atrevían y esperaban una ocasión más tranquila y libre. Hoy en día soportamos -asisto con cierto estupor- no sólo a la presencia de palomas delante de nosotros mismos, sino que se posan en la misma mesa en que está sentada la gente, para compartir la comida, alzando la voz con su gorjeo característico y revoloteando para dar alcance a la comida en el menor tiempo posible, tirando vasos, copas o pocillos. Hace unas semanas, el responsable de un local de hostelería me dijo que confeccionaba presupuestos para reponer los destrozos que le ocasionaban. Doy fe: hasta penetran en los locales, de tal suerte que en alguna ocasión habiéndolo hecho una paloma, ante la imposibilidad de no dar con la puerta de salida, y estar batiéndose contra la cristalera, yo mismo la recogí en las manos para liberarla.

De lo dicho anteriormente se deduce que, desde hace un tiempo, las aves no sólo no escapan volando ante la presencia humana, sino que son los humanos los que se apartan o tienen que apartarse. Por eso digo que soy testigo de escenas donde la gente, consumiendo en mesas en una terraza, se ven obligados a alejarse de las palomas, al punto de coger la consumición y llevársela para dentro del local. Hasta aquí hemos llegado. También en la arena de la playa las gaviotas merodean la toalla y las bolsas, buscando picoteo, aunque el personal esté mismo al lado. Y si hablamos del lobo, me lo ratifica el titular de La Región: “La presencia de lobos alerta a los habitantes de Larouco”, por lo cual los vecinos tienen miedo al ser vistos ejemplares cerca del pueblo. Todo ello lo refrenda la información al decir que “un lobo era visto a apenas cien metros desplazándose tranquilamente y sin mostrar ningún temor ante las personas”. Cuando niño, oír hablar del lobo era temor; su presencia, terror, aunque lo concebíamos lejos, metido en la inmensidad del monte, por lo que lo conocías por el característico aullido más que por su presencia. Ahora se desplaza cercano a las personas. Hablamos -y es real- del cambio climático. Lo mismo podemos decir del cambio de comportamiento animal.

Las palomas con sus gorjeos, las gaviotas con sus graznidos, el jabalí -ya es un animal urbano- con sus gruñidos… son parte de las voces que oímos e identificamos cercanamente. El temor a los humanos se cambió por temor de los humanos ante la presencia de muchas especies. Pero no hay bien que por mal no venga. El CSIC lanza el proyecto “Galiferia” para seguir la recuperación de aves ante los incendios en Galicia. Proyecto que se desarrolla en el Parque Natural de Baixa Limia-Serra do Xurás y en Courel. El objetivo final es el de orientar la gestión del territorio para aumentar la resiliencia frente a grandes incendios e interpretar con la mayor precisión los efectos del fuego sobre aves y sobre el proceso de recuperación ecológica en Galicia. “Quisiera ser ave, y volar por los cielos…”

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