Isaac Pedrouzo
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Raigame, tradiciones que matan
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Todas las tradiciones me fueron persiguiendo a lo largo de la vida. Café y cigarro, el chiste del Carlos, del abogado. Intentar por décimoquinta vez completar el París Dakar. El de los bares, que el del desierto no me queda muy a mano. Y porque, para engañarnos, invertí toda mi pericia a una dedicación casi exclusiva a las barras de bar. Una relación leal y sin adversidades.
Al contrario de lo que fuiste tú.
Sucedió en mayo, un día 17 donde nadie me advirtió de lo que podía suceder.
Al bajar del Peugeot 206 solo había mucha gente haciendo muchas cosas. Todo el pueblo estaba repleto de una sensación extraña de júbilo. Sentimiento desmedido o alicorado, nunca lo sabré del todo.
Después de varios “pousa, pousa” y algunos “alalás” ya habíamos comido tanto que la realidad se había resquebrajado en dos únicas tradiciones. Dormir, o aventurarse a las bodegas que los paisanos de Vilanova abrían en un acto desinteresado para el disfrute popular. En todas las visitas a la fiesta del Raigame jamás vi a nadie desanimado.
Una Danny Devito local, pues la altura, peinado y abdomen eran de una coincidencia espeluznante, se me acercó al comprobar mi buen hacer saboreando el licor café. Y me invitó, muy amable, por cierto, a una cata informal en la bodega de al lado.
Nos sentamos en una mesa de madera tan larga que al fondo juraría distinguí a una Katheryn Hepburn con bata de alivio. Cada licor que me servían superaba, o en el peor de los casos igualaba, al anterior. Todo fue bien durante los 7 primeros. No voy a descubrir ahora mi fluidez para soportar grandes ingestas de alcohol.
Esa historia ya está escrita.
La bodega de pronto parecía más pequeña y los colores se entrometían en las conversaciones de tal modo que la física alteraba el estado material produciendo una situación perpetua de actos intangibles. En el décimo licor podía agarrar los sonidos. Y en el 16 solo estaba preocupado de si el hermano gemelo de Devito, Arnold, había golpeado la segunda vez.
Afuera retumbaban las pandereteiras en un latido de ritmo estable. Como un beat infinito de club.
Un chupito, cuyo número ya no era capaz de recordar, se me cayó el suelo. No fue torpeza, en las cosas del beber hay una seriedad inherente. Se cayó porque mi mano derecha, agotada como mi organismo, decidió que su jornada laboral había terminado y se apagó de tal modo que ya no era capaz de sostener nada.
Ni siquiera la arcada. Que sí claudicó. El pulpo esparcido por todos lados.
A mi alrededor los demás catadores lucían frescos, aspecto impoluto de madrugadores incondicionales a la alarma del reloj. Mirándome. Atónitos.
Una voz, de pronto azul me dijo “neno, tú escupiste los chupitos o los metiste pa’ dentro, en las catas no se traga”.
Aquel 17 de mayo nadie me advirtió de lo que iba a suceder.
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