Juan Pina
La realidad de las Falkland
Me niego a llamarlas Malvinas: son las Islas Falkland, y no porque así las llame Londres, sino porque así las llaman los únicos legitimados para decidir sobre ellas: los isleños. Buenos Aires repite como un disco rayado los mismos argumentos: que la población es “implantada”, ficticia, poco menos que sucia, cuya voluntad no puede prevalecer sobre una disputa previa. Esas casi cuatro mil personas deben aceptar la anexión porque un Estado vecino enorme les niega su derecho a una descolonización democrática, forzándolos a optar, obviamente, por seguir como territorio ultramarino británico. Las Falkland no tenían población indígena al comenzar los asentamientos europeos. En 1833 los británicos desalojaron a las autoridades militares argentinas, pero no expulsaron a un pueblo, porque no lo había. Desde entonces se desarrolló una sociedad colonial con familias que llevan hoy ocho o nueve generaciones viviendo sus vidas enteras en su hogar, su país: las Falkland. ¿Cuándo deja una población de ser “implantada”? ¿A los cincuenta años? ¿A los doscientos? ¿Nunca? Con esa doctrina habría que declarar “implantada” a buena parte de América, por no decir del planeta. Incluso si una población colonial surgió después del comienzo de un litigio, sus derechos humanos no decaen: generan una legitimidad sobrevenida posterior pero superior. Su derecho, asentado generación a generación durante dos siglos, ha de prevalecer sobre los viejos argumentos históricos o estratégicos de Buenos Aires e incluso de Londres: si mañana el Reino Unido, por cualquier motivo, decidiera entregar las islas, no podría hacerlo legítimamente porque son de los isleños. Cometería una salvajada jurídica como la que perpetró en Hong Kong, un crimen que Argentina pide repetir despreciando derechos fundamentales.
El referéndum de 2013 destroza el relato argentino: por un 92%, los isleños votaron por mantener el estatus de territorio británico de ultramar. Buenos Aires dice que eso da igual. ¿Puede un país democrático decir esa barbaridad? Es difícil imaginar una actitud más colonial que la argentina: cuenta sólo el “terreno”. “Transfiérasenos sin escuchar a los habitantes, esa chusma implantada”, piensan o dicen en Buenos Aires. Ludwig von Mises lo explicó con una claridad que debería avergonzar a cualquier libertario que defienda la posición argentina: la autodeterminación confiere a los habitantes de cada territorio el derecho a decidir en estos casos. Parece como si Mises, a quien tanto invoca Milei, hubiera escrito sobre las Falkland sin mencionarlas.
Pero Milei ha preferido amenazar a compañías privadas por aceptar licencias del gobierno elegido por los habitantes del territorio. Al parecer, Milei ama el capitalismo hasta que aparece la bandera
Y aquí aparece la enorme decepción llamada Javier Milei. De un presidente que se proclama libertario cabía esperar algo distinto, pero hace unos días anunció a bombo y platillo sanciones contra personas y empresas vinculadas a la explotación petrolera de las islas, y acaba de emprender acciones penales contra el proyecto Sea Lion. Un capitalista consecuente habría visto una oportunidad: comerciar, invertir, asociar empresas argentinas y convertir la proximidad geográfica en ventaja económica. Ir “argentinizando” los recursos por la única vía legítima para un libertario: pactos, contratos, acciones, emprendimiento. Pero Milei ha preferido amenazar a compañías privadas por aceptar licencias del gobierno elegido por los habitantes del territorio. Al parecer, Milei ama el capitalismo hasta que aparece la bandera. Así, ha terminado por hacer lo mismo que el peronismo de izquierdas, el peronismo de derechas y las juntas militares: ignorar a los isleños y prometer una futura “recuperación” sin explicar cómo. Antes, Milei había descartado la fuerza. Debe reiterarlo ahora que endurece el discurso. La experiencia de 1982 aconseja no frivolizar con el nacionalismo. ¿Seguirá sin articular la vía militar aunque su popularidad llegue a desplomarse? Conviene recordar a Galtieri.
Naciones Unidas tampoco sirve de coartada. El Comité de los Veinticuatro de la ONU mantiene las Falkland en la lista de territorios no autónomos y trata formalmente la controversia entre Londres y Buenos Aires. Pero es misión de ese órgano proteger a las poblaciones coloniales hasta que puedan emanciparse del vínculo con la metrópoli sin caer por ello en las garras de un tercero. Por eso fue ilegal nuestra entrega del Sáhara Occidental en 1975. Incluso una población colonial sobrevenida merece esa protección. De lo contrario, “descolonizar” sería entregar personas contra su voluntad a otro: a un nuevo colonizador. Milei se ha colocado en el lado equivocado de la historia al aplicar a las Falkland la misma lógica con la que Mohamed VI contempla Ceuta y Melilla. Para un liberal o libertario, la respuesta sólo puede ser la contraria. Ni Buenos Aires ni Rabat ni Londres ni Madrid son propietarios de seres humanos. Las islas pertenecen políticamente a quienes las habitan. Si algún día los falklanders quieren la independencia, eso deberá respetarse. Si quieren seguir vinculados al Reino Unido, eso también. Y si quisieran unirse a Argentina, igualmente. Eso es descolonizar. Lo demás es nacionalismo expansionista, y es absolutamente antilibertario.
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