La Región
La tiranía del cepillo azul
Tengo grabado en la memoria el cepillo de barrer como alma que se lleva el diablo: un tormento diario e ineludible. Aquel instrumento acabó convertido en la herramienta con la que mi mujer intentaba encauzar su caos logístico, transformando la limpieza en una suerte de obsesión compulsiva.
Da igual en qué rincón de la casa me encontrara; la escoba terminaba asomando por una esquina del marco de la puerta, tropezando con mis zapatillas, asomando bajo la mesa o cercándome junto a la silla del despacho. Mirase adonde mirase, ese cepillo de un azul horrendo parecía escrutarme, impasible ante mis malas caras o mis guiños de exasperación.
Ya sé que resulta absurdo odiar un objeto inanimado, pero les aseguro que lo detesto a muerte. Tampoco me libraré jamás del ritmo acompasado de sus golpes contra el zócalo. Siendo un utensilio básico del hogar, resulta imprescindible en cada mudanza, por lo que esta pesadilla sigue y seguirá muy viva.
Jesús Sánchez-Ajofrín Reverte (Albacete)
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