Chicho Outeiriño
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El VAR de la Primera Federación se salva porque la transcendencia de la categoría no sale fuera de las provincias en las que tienen presencia sus equipos, pero sigue haciendo méritos para acabar liando una tan gorda que se haga famoso de verdad. Desde la jornada inicial este invento aberrante de la Federación Española ha generado mofas y cabreos a partes iguales. Cada llamada a la pantallita es una falta de respeto a los equipos y un atentado a la paciencia de los aficionados. Fueras de juego que se interpretan a ojo, nunca mejor dicho, sin ningún argumento técnico fiable ni humildad para reconocer que no hay medios para rectificar las decisiones tomadas. El VAR le quita al árbitro la etiqueta de juez para convertirlo en un tahúr que lanza la moneda al aire jugando con la suerte de los equipos.
Cada llamada a la pantallita es una falta de respeto a los equipos y un atentado a la paciencia de los aficionados. Fueras de juego que se interpretan a ojo, nunca mejor dicho, sin ningún argumento técnico fiable ni humildad para reconocer que no hay medios para rectificar las decisiones tomadas.
“Esta herramienta va a estropear nuestro fútbol, es una auténtica bazofia”, decía el técnico del Celta Fortuna, Fredi Álvarez, tras el último recital, este fin de semana, del invento federativo. Los que importan, los clubes, futbolistas, entrenadores y aficionados, no tienen ni voz ni voto en una temporada en la que los puntos condicionan las clasificaciones a golpe de pinganillo y pantalla.
En vez de aceptar el error, eliminar el sistema y pensar con tiempo cómo mejorarlo para un futuro, se seguirá para adelante con las anteojeras puestas, el pecho fuera y la boina calada.
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