Jorge Vázquez
SENDA 0011
El trabajador aumentado por IA
La crítica alabó de nosotros, luego de nuestra actuación en Festivales de España en las fiestas de Vigo en Castrelos en 1967, “La profesionalidad de los aficionados”. Aquellos chavales y chicos ourensanos, de Alvarado, éramos tan buenos y estábamos tan bien dirigidos y estimulados que, realmente alcanzábamos la altura de los profesionales. Así se nos reconocía. Y se notaba el esfuerzo de tantas horas de ensayo en el local de que disponíamos en la parte posterior del viejo edificio de la Diputación. Horas y horas de esfuerzo hasta alcanzar la perfección. En la memoria personal de cada uno cuando los años te dotan de perspectiva, hay determinados acontecimientos que sobresalen y se hacen perennes en el recuerdo, sobre todo en los casos de quienes acostumbramos a guardar ordenadamente fotos, recortes y programas de episodios de nuestro devenir. Tristemente, de aquel grupo cada vez vamos quedando menos. En aquel tiempo el programa del gran parque vigués no se dedicaba a la música atronadora como ahora, sino a música cultura, ópera, zarzuela, teatro, ballets y toda una serie de contenidos de perfiles bien diferentes a la puesta en escena que encabeza el actual alcalde Vigo, señor Caballero, como telonero mayor permanente.
Moverse dentro de un escenario grande como el de Castrelos, hablar con la entonación y la impostación necesaria era una dificultad añadida. Tuve gran curiosidad por explorar la inmensidad del teatro. Debajo del escenario estaban parte de los camerinos
Allá por el año de 1967, a mis 19 años, al borde de empezar lo que sería mi carrera en los medios, que se iniciaron en la radio, y que luego me llevarían a la prensa escrita y finalmente a la docencia universitaria, era yo uno de los miembros del grupo de teatro “Valle Inclán” de Ourense. Acabábamos de ganar el Certamen Nacional de Teatro Juvenil, celebrado en el majestuoso teatro Romea de Murcia, con el drama histórico “Donadieu” de Fritz Höchwalder, famoso autor austríaco, autor entre otras obras famosas de la titulada “El acusador público”. De Segundo Alvarado decía Modesto Higueras, el gran crítico de teatro, famoso en su tiempo, que era el mejor director de teatro no profesional de España. Cuando ganamos en Murcia la crítica escribiera “Por fin hemos escuchado claramente el idioma de Cervantes”. Detrás había horas de trabajo con la dicción y la entonación del texto.
El escenario de Castrelos es inmenso, y por ello, el montador del espacio, el inolvidable decorador Eduardo Raimúndez Porto, nuestro querido “Sheridan”, que trabajara en el cine en Madrid con los mejores directores de su tiempo, tenía ante sí un gran reto. Y lo superaba con creces, llenando todo aquel inmenso espacio. Yo participaba en dos obras. Primero, “Donadieu” un drama histórico, desarrollado en Francia, durante las reglas de religión, de enorme carga dramática, con el ganáramos en 1966 la III edición del Concurso Nacional de Teatro Juvenil, un año antes en Murcia, y seguidamente “El Galardón del Duero”, de Zamora, los dos certámenes de teatro joven que se celebraban en España. Mi otro papel era el de Hemón, en la obra “Antígona” de Anouilh, donde hacía de enamorado de la protagonista e hijo del dictador Creonte. En ambos papeles nos vestía la famosa sastrería del cine Peris y hermanos, de Maxdrid. En un caso, de caballero de capa y espada, y en otro de joven griego. Para esta labor vino de Madrid una sastra que vistiera a todos los actores de las películas históricas de la época. Era tal el rigor con que se preparaban las obras, que para una escena en que había un duelo a espada, nos dieron clases de esgrima.
Moverse dentro de un escenario grande como el de Castrelos, hablar con la entonación y la impostación necesaria era una dificultad añadida. Tuve gran curiosidad por explorar la inmensidad del teatro. Debajo del escenario estaban parte de los camerinos. Tengo ganas de volver por allí, a ver hasta qué punto aquel universo pudo haber cambiado. En los dos casos, porque las representaciones de Festivales de España fueron dos días seguidos, las obras, y dentro de éstas mis papeles, eran dramáticos. Al tener delante los libretos de ambas obras me pregunto cómo era capaz de aprenderme todo aquello. Porque no sólo tienes que aprenderte el texto de tu papel, sino el de los personajes a los que das o que te dan la réplica. Además, en Castrelos no había apuntador, por lo que todo dependía de la memoria. Hoy no será capaz, pero entonces lo era.
Mi relación con Castrelos, aparte de aquella etapa personal, tuvo otra posterior, durante mi tiempo en la radio y en la prensa escrita en Vigo. En ese sentido, conservo –y están depositadas en el Arquivo Sonoro de Galicia- grabaciones de entrevistas con los actores profesionales que traían a Vigo los Festivales de España. Recuerdo especialmente una entrevista con el actor Guillermo Marín. En aquella época, aparte de obras de teatro, zarzuela y grandes orquestas, venían a Vigo espectáculos de nivel como ballets y coros rusos. Entonces, en el Ayuntamiento existía una especial sensibilidad para organizar razonablemente los programas, en orden a procurar que todos los sectores de la sociedad y todas las edades fueran adecuadamente atendidas. Se entendía que a Castrelos no podía traerse cualquier cosa. Por eso nos fichó Festivales de España, como a las grandes compañías profesionales. Ha sido una grata sorpresa encontrarme en Vigo a personas que todavía recuerdan a aquellos chicos de Ourense de hace nada menos que 58 años.
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