Regresa el mercantilismo

Publicado: 07 ago 2026 - 04:10
Opinión en La Región
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Parecía que el mundo había aprendido de la Historia. La caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior desaparición de la Unión Soviética abrieron una etapa de optimismo sin precedentes. Los años noventa representaron el apogeo de tres grandes corrientes: el capitalismo de libre mercado, la democracia liberal y una visión racional del progreso basada en la ciencia, el Derecho y la cooperación internacional. Francis Fukuyama habló entonces del “fin de la Historia”, no porque fueran a desaparecer los conflictos, sino porque parecía haberse impuesto, al fin, el mejor modelo conocido de organización política y económica. Hoy vemos el movimiento contrario. La democracia liberal retrocede frente a los populismos y los autoritarismos. El racionalismo cede terreno ante conspiranoias, identitarismos y supersticiones revestidas de apariencia política. Y la economía de mercado está siendo sustituida progresivamente por una nueva fiebre mercantilista que ya no sólo es cosa de dictaduras, sino también de bastantes pensadores occidentales.

La libertad económica nunca fue únicamente una cuestión de eficiencia ni de crecimiento. Constituye también un extraordinario mecanismo de limitación del poder político"

El mercantilismo fue la doctrina económica dominante entre los siglos XVI y XVIII. Partía de una idea sencilla y profundamente equivocada: la riqueza dependía de acumular producción nacional, controlar el comercio exterior y proteger a los productores propios frente a la competencia extranjera. El Estado decidía qué sectores debían prosperar, imponía aranceles, concedía monopolios y distribuía privilegios. Adam Smith escribió “La riqueza de las naciones” precisamente para desmontar ese sistema. Pero hoy vuelve a imponerse con un lenguaje distinto. Ya casi nadie habla de mercantilismo. Se habla de “autonomía estratégica”, “reindustrialización”, “soberanía económica”, “resiliencia de las cadenas de suministro” o “política industrial”. Pero el mecanismo es exactamente el mismo: más subvenciones, más aranceles, más planificación estatal y más intervención política sobre las decisiones económicas. China jamás abandonó esa lógica. Pero lo verdaderamente preocupante es que los Estados Unidos y la Unión Europea parecen decididos a imitarla. Washington multiplica los subsidios industriales y endurece las barreras comerciales, todo ello con la descarnada tosquedad del trumpismo. Bruselas responde con nuevos programas de ayudas públicas, restricciones regulatorias y estrategias para favorecer determinadas industrias “estratégicas”. El resultado es una competición entre Estados por decidir quién interviene más. Lo justifican apelando a la seguridad nacional, pero el problema comienza cuando la excepción se convierte en regla y prácticamente cualquier actividad económica pasa a considerarse “estratégica”. Entonces desaparece el mercado y reaparece la deplorable planificación central.

Lo más inquietante es que esta regresión económica no es un fenómeno aislado. Forma parte de un retroceso mucho más amplio de la libertad. El mercantilismo necesita inevitablemente un Estado muy poderoso. Ese incremento del poder económico del Estado termina traduciéndose en una tendencia al autoritarismo. Tampoco resulta casual que el debilitamiento del libre mercado coincida con un deterioro del debate racional. Cuando las decisiones económicas dejan de apoyarse en la competencia y el cálculo empresarial para depender del favor político, el debate social también abandona la evidencia y abraza relatos emocionales, nacionalismos económicos y promesas de autosuficiencia inviables.

La Historia demuestra que ningún país se ha enriquecido aislándose del comercio internacional. Al contrario, la extraordinaria reducción de la pobreza mundial desde finales del siglo XX ha sido un proceso inseparable de la expansión del comercio, la inversión internacional y las cadenas globales de valor. Miles de millones de personas han mejorado sustancialmente sus condiciones de vida precisamente porque el mundo ha logradod esprenderse, al menos parcialmente, de las viejas recetas mercantilistas. Hoy corremos el riesgo de olvidar esa lección. La libertad económica nunca fue únicamente una cuestión de eficiencia ni de crecimiento. Constituye también un extraordinario mecanismo de limitación del poder político. Cada empresa privada que compite libremente reduce la capacidad del gobernante para decidir arbitrariamente quién prospera y quién fracasa, qué consumimos o cuánto del sudor de nuestra frente permanece en nuestra billetera. Cada frontera comercial que desaparece reduce el margen del nacionalismo económico. Cada consumidor que elige libremente debilita un poco más la tentación paternalista del Estado. Quizá el verdadero legado de los años noventa no fuera la ilusión ingenua de que la Historia había terminado, sino la constatación de que la libertad -económica, política e intelectual- progresa cuando avanza conjuntamente en sus distintas dimensiones. Y asistimos ahora a su retroceso simultáneo. El mercantilismo no es únicamente una mala política económica. Es el síntoma de un fracaso mucho más profundo: la pérdida de confianza en la libertad como principio organizador de la sociedad. Una deriva muy preocupante en este siglo XXI.

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