Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
El récord Guinness que espera en Lugo
HISTORIAS INCREÍBLES
Un día, a lo mejor, no estoy seguro, preguntarán por ti, por una fruslería, por un casi nada, sólo para devolverte un libro y les explicarán que eso es imposible. Que estabas encantado aquí, en este mundo alborotado, bullicioso, ruidoso, yermo y árido, pero que ya te has ido… para siempre.
Miro y sólo veo la montaña, pero estoy seguro de que la escarcha también me mira agazapada. No la veo, pero siempre está presente. Ahora con el otoño es más fácil detectarla, pero siempre está y ha estado ahí como una perra en celo, una tigresa, una víbora con su cabeza triangular o una repelente salamandra.
Intentas vigilar para que no se aparezca de repente. Pero es inútil. Ella helada, gélida, avanza coronando nuestra frente, y terminará viniendo disfrazada de truco o trato, de huesos de los santos en noviembre, si alguna vez los hubo en esta tierra que gira y gira como una rueda impertinente.
Durante algún tiempo nos juntamos, los amigos, al lado del farol que de noche hemos roto de una pedrada con inquina. Nos congregamos y estando juntos repartimos el queso redondo de los días, en porciones y hemos bebido el vino nuevo con las nueces y nos hemos reído de las cuatro tonterías que ya sabes.
Y hemos hablado del mañana, como si ya estuviese aquí mismo, como si el frío del invierno se pudiese soportar sin ponernos la bufanda, esa que alguien nos tricota cordialmente, esa locura del corazón, ese huerto con frambuesas, ese espejismo que nos hacía creer que el futuro siempre habría de ser de whisky y rosas.
Ahora que aún puedes hacerlo, me supongo, vuélvete hacia la gente y sal de ti mismo ese lugar inerte en el que te vas consumiendo tal vez amargado, melancólico, pesimista, tristemente taciturno.
Y… lo que te vino fue un golpe con la palma de la mano en toda la espalda. Aún aturdido por el impacto echarás cuenta de si mereció la pena cuanto viviste en este precioso mundo escuchando en la vieja gramola, en el bar de enfrente, la misma balada siempre.
Porque todos se van marchando y otros, tiempo atrás ya se han ido, como se va la niebla nacarada cuando llega la oscuridad lechosa que se pierde al final del camino. Atento, fíjate bien en lo que voy a decirte, querido amigo:
Ahora que aún puedes hacerlo, me supongo, vuélvete hacia la gente y sal de ti mismo ese lugar inerte en el que te vas consumiendo tal vez amargado, melancólico, pesimista, tristemente taciturno.
Haz algo por los otros, los desconocidos y también tu propia gente …y así el día que caiga la escarcha que no quieres, puede que tengas a alguien que te recuerde, con cariño, como aquel que desapareció en la noche, dulcemente.
Irremediable, al despertar, una mañana, te darás cuenta de que ha llegado esa que soñabas blanca e impoluta, esa que acariciabas y esculpías como un payaso de nieve con su zanahoria y su pipa. Pero mirando en derredor no verás a nadie porque se habrán ido, todos, unos y otros y los pocos que aún quedaban, a sepultar en una caja de madera de pino, tu esperanza.
Ni se te ocurra llorar porque se te ha acabado la licencia que te dieron para gozar del viento, las nubes, los pájaros gorriones y los peces que se bañan desnudos y pudorosos en el rio.
Ya te digo que no llores, aunque ciertamente, no volverás a escuchar el piar de los gorriones, el silbar del viento espantando las albas nubes, hasta que vuelvas a comer un pez asado lentamente, como lo hacía el Señor, a la orilla del mar, sobre las brasas.
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