Daniel Montero
SUEÑOS DE OLIMPIA
Respeto a los himnos, salvo si es el español
SUEÑOS DE OLIMPIA
El pasado 1 de abril, la selección española de fútbol disputó en Barcelona un partido amistoso contra Egipto. Durante el mismo, el comportamiento de parte del público -siempre es difícil determinar cuántos- fue vergonzoso.
La mayoría de los medios, y políticos, se ofendieron mucho por lo de “musulmán el que no bote”, recurso escuchado habitualmente y desde hace décadas en todos los campos españoles. (Cambie lo de musulmán por “madridista”, “catalán” o el rival de turno, reducido a un calificativo humillante). En cambio, pocos mostraron mayor preocupación por los pitos al himno egipcio.
El himno, la bandera y el mandatario de una nación, son sus símbolos fundamentales. Su desprecio es la mayor ofensa y es más grave hacerlo en un evento deportivo. La degradación social y moral de nuestro país es tal que ya cualquiera se cree por encima de las normas básicas de respeto y hospitalidad.
Muchos exigieron un castigo ejemplar de la FIFA a España. (Ojalá nos retiren la organización del ruinoso Mundial 2030, ese que Rubiales y el maquiavelo de Moncloa nos metieron con calzador).
Muchos ofendidos el 1 de abril entendieron lo sucedido en la Copa como “libre expresión”. Les parece excesivo castigar a la Real Sociedad como sí debería sancionarse a la Selección por el comportamiento de su afición. En conclusión, respete todos los himnos, excepto el español.
17 días después se disputó la Final de la Copa del Rey en Sevilla, donde parte de la afición de la Real Sociedad -difícil precisar cuántos- pitaron al himno español y al Rey. Bochornosa costumbre de quien desprecia nuestros símbolos, aunque después recoge el trofeo y lo celebra con la mayor fiesta en décadas.
Muchos ofendidos el 1 de abril entendieron lo sucedido en la Copa como “libre expresión”. Les parece excesivo castigar a la Real Sociedad como sí debería sancionarse a la Selección por el comportamiento de su afición. En conclusión, respete todos los himnos, excepto el español.
En pocas ocasiones, el temor a un desplante a un rival extranjero durante un evento deportivo fue tan temido como en la España franquista de 1964.
Se disputaba la final de la II Eurocopa de fútbol en el Santiago Bernabéu, entre la selección anfitriona y -casualidades de la vida- la Unión Soviética, un potentísimo rival liderado por el admirado portero Lev Yashin, conocido como “La araña negra”.
La URSS y el Comunismo eran poco menos que el demonio y el infierno en la España de aquella época. Entre otras cosas, por las atrocidades cometidas -también contra su propio bando- durante la Guerra Civil. (Minudencias históricas que olvida o ignora la Memoria Histórica).
El Franquismo vivía una etapa de desarrollo económico y apertura internacional. Lo cual implicaba aceptar las normas y rivales imperantes. De negarse a competir contra la URSS en la Eurocopa 1960 o prohibir viajar allí al Real Madrid por la Copa de Europa de baloncesto, España pasó a ser la amable anfitriona de los bolcheviques.
Hubo final. La bandera roja ondeó en el estadio y sonó su himno nacional -en 1964 no era ya “la Internacional”- ante el respeto de 120.000 personas, según las crónicas. No se constató una pitada o manifestación contra el rival. Tampoco quejas por parte de su delegación.
Los medios de comunicación de la época -siempre supervisados- destacaron la admiración deportiva por un fabuloso contendiente y la euforia por derrotarle. El famoso gol de Marcelino. Para el régimen fue “otra victoria de Franco ante la URSS”.
Los allí presentes, hijos de la dictadura, podrían enseñar cómo comportarse en un estadio a sus nietos, los de la democracia.
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