Miguel Abad Vila
Ruido rosa
Causa cuando menos dolor ver en la portada de algún periódico un montaje con las fotografías de Bárcenas (el ex tesorero del PP, por si ya lo había usted olvidado), de Fernández Díaz (el ex ministro que lo investigó ilegalmente), del comisario Villarejo (a este es imposible olvidarlo), en audaz “collage” con Bárcenas, Koldo y Víctor de Aldama (estos, lamentablemente, están cada día acompañándonos desde los medios). Las dos Españas corruptas, que este lunes y martes se examinan consecutivamente ante los tribunales, así, expuestas gráficamente. Y nuestros representantes, de regreso de unas no sé si muy merecidas vacaciones, sin decir ni pío.
Y más, mucho más. Sobresalta el último exabrupto de Trump exigiendo a Irán un acuerdo para mañana mismo, so pena de que les caiga encima “el inferno”, como si, entre los ayatolás y el propio Trump, los iraníes, y de paso el resto del mundo, no sintiésemos ya cerca las llamas del Averno . Pero, eso sí, nada hemos escuchado últimamente de nuestros representantes dispersos vacacionalmente sobre un conflicto que, primero que nada, va a incidir directamente sobre nuestros bolsillos, si es que estos no lo han notado ya, que al menos los míos, sí.
Y sigo: nos deja boquiabiertos la última aventura del hombre, una carrera por la conquista del espacio en la que, desde luego, ni estamos ni se nos espera, pero que culminará, rememorando los escritos de Asimov y Bradbury, con el dominio lunar y del planeta rojo en quizá menos de una década. Y aquí, nosotros, analizando desde los “estados mayores” de los partidos las últimas encuestas andaluzas como si no hubiera otra cosa en la Tierra.
Sigo sin comprender cómo es posible que nuestra mal llamada 'clase política' –o sea, nuestros representantes– no esté tomando nota de los avisos que hablan de Cambio, de situaciones insostenibles
Todo ello me recuerda al panorama descrito por algunos intelectuales -Unamuno, Ganivet, Costa- ante el “desastre del noventa y ocho”, después de que, en cuestión de semanas, España quedase humillada por Estados Unidos en la guerra inventada desde Washington por la influencia sobre Cuba.
Aquella guerra, declarada por la Casa Blanca el 25 de abril de 1898, significó, nos legan algunos escritos, el fin de la hispano-conciencia del triunfo, según la cual España era una superpotencia económica y militar -con la población empobrecida- y que vivan los toros y las romerías: el pueblo, negándose a ver la realidad, buscaba en el “pan y circo” alivio a sus sufrimientos de fondo. “Que inventen ellos” y “Más se perdió en Cuba” eran las frases del momento en los alienados mercados populares, esos que consideraban “catastrofistas” a determinados periódicos y periodistas que contaban lo que de verdad había.
No quiero, por supuesto, establecer paralelismos históricos forzados con algo que ocurrió hace 128 años. Pero sí me fijo en los afanes baldíos de los “regeneracionistas”, con Costa y el suicidado Ganivet a la cabeza, por llamar la atención de los súbditos del futuro Alfonso XII, entonces representado por la reina regente María Cristina -”María Cristina me quiere gobernar”- en el panorama corrupto del turnismo de la restauración caciquil. Aquí y ahora carecemos, pero pronto llegará, de una “generación del 98” con intelectuales libres de partidismos y servidumbres. Y lo suficientemente hartos como para lanzarse a denuncias sin ataduras.
Sigo sin comprender cómo es posible que nuestra mal llamada “clase política” -o sea, nuestros representantes, esos a los que votamos y pagamos para que desempeñen sus cargos- no esté tomando nota de los avisos que hablan de Cambio, de situaciones insostenibles. No entiendo que el retorno a la cotidianeidad ramplona que vivimos no implique acciones nuevas, que en cualquier otro país serían habituales: un debate sobre el estado de la nación y del mundo (¿de veras alguien cree que no hace falta?), una rueda de prensa “abierta” del presidente para explicar dónde está España en todo este (des)concierto mundial, un encuentro demorado entre Sánchez y el líder de la oposición en Moncloa...
Porque no basta con colocar a alguien como Cuerpo en la vicepresidencia para admitir que algo cambia, aunque solo sea en lo que respecta a los modos histriónicos de doña María Jesús Montero. Eso es el fenómeno, pero no la categoría.
Temo que nuestro hombre en Doñana regresará con los viejos artificios, trucos y desplantes y que el curso político que se abre de aquí a julio -que es algo más que el curso taurino, oiga- sea pródigo en más de lo mismo: “más se perdió en Cuba”. Creo que hay que releer a Costa y a aquellos que predicaban, en el vacío, la regeneración. Y ponerse a ello de una vez. Bienvenidos a casa, señor presidente, señores que nos representan, o eso dicen. ¿Algo nuevo?
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