Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Es ya un clásico. Tan habitual que incluso deja de ser noticia o, al menos, pierde parte de su valor como tal. Álvaro Morata ha vuelto a cambiar de equipo. Esta vez mediada la temporada ha dejado el Milan para marcharse cedido al Galatasaray turco. Quizá también era su sueño, frase que se ha convertido en un “meme” de la cultura popular por la cantidad de veces que la ha repetido el atacante en sus ruedas de prensa. Es como si de pequeñito se imaginase jugando en prácticamente todos los equipos del panorama mundial.
Y es que, salvo honrosas e interesantes excepciones, no hay que tomar muy en serio a los futbolistas cuando dejan el césped y se ponen delante de los micrófonos. Venden su producto, que son ellos mismos en este caso. Algunos lo hacen mejor, son más listos y se manejan muy bien en ese mundo. A otros se les puede aplicar aquello de que por la boca muere el pez.
El aficionado debe elegir muy bien a quién entrega su alma. El apoyo cuando vista la camiseta de tu equipo es incondicional (o casi), pero lo que queda siempre es la camiseta y lo que se puede marchar es el jugador. Por eso esos amores tan intensos se convierten en despechos aún más explosivos cuando esa relación se rompe.
Morata inicia una nueva etapa. La enésima. Porque cumplir sueños está permitido, aunque eso suponga dejar en papel mojado tus palabras.
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