Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Cada día es diferente, incluso para los que incursionamos en el medio natural porque un día jamás es la copia de ninguno transcurrido. Así que el solo matiz que el tiempo introduce, bajo el sol o las nubes hace que todo sea diferente. Me repito en cada salida y hallo que siempre hay algo diverso. Por esto gocemos de lo siempre repetido porque, si el sentido tenemos despierto, sabremos captar las diferencias.
Saliendo hacia occidente o el sur, raras veces al norte porque la interposición del río Miño es como frontera que uno piensa que algo frena, tampoco invita y sobre todo porque cual pared se ve para cualquier incursión a pedales o por nutrida de vehículos, que todos los accesos lo están. Uno cree que con el tiempo el atasco será monumental, los coches lo invadirán todo, las vías de rodamiento serán insuficientes, algo tiene que cambiar para desatascar tanto vehículo. Y superan los 20.000 al día los que se traga la rúa Marcelo Macías; la variante tras Couto que pasa o corta el Castelo Ramiro en un fluir constante de vehículos. Recuerdo su soledad recién inaugurada la autovía A-52; pero fue cual espejismo porque no pasaron ni meses de esta soledad, para convertirse en la vía más transitada.
Antes era muy frecuente ver como a los ríos se los convertía en receptáculo de todos los depósitos, incluso los sólidos; el Barbaña hasta hace muy poco era un rio de mierda
Pero volvamos al paisaje natural, ese en el que la ausencia de ruidos más apetecible lo hace, donde aún se oye el gorjeo de un ave, aunque sea el crac, crac de un córvido, llámese corneja o arrendajo, que ya por esta estación los llamados pájaros cantores de menor porte apenas se dejan oir, cuando mediada la primavera lo invaden todo con su trinos y cánticos. Tenemos la enorme suerte de que podemos hallarnos inmersos en plena Naturaleza a menos de quince minutos donde uno se pasma que tantos atletas como corren por el asfalto u otros duros pavimentos mejor lo debieran de hacer por la blanda tierra o la escasa hierba si quieren preservar sus articulaciones que al cabo de medio siglo a cuestas producirá efectos no digo que devastadores en sus articulaciones. Sé de muchos maratonianos de más temprano retiro del que pensaron cuando vagaban corriendo los 42 kilómetros por New York, Londres, Berlín o París. A algunos que se resistían, más oscilantes que firmes en su zancada. Corred por lo blando, me digo cuando veo a alguno al que nunca comunicaré el problema porque de sobras sabido, y es que como este deporte de correr es el más socorrido tampoco vas a enfriar las sensaciones de quien lo practica, que por su simplicidad el más asequible y hoy mucho más con las indumentarias deportivas de las que disponemos, incluidas esas zapatillas con las que puedes talonar y no con aquellas de mediados de siglo, que por sus tenues suelas te obligaban a correr impactando con la punta del pie.
Andar por donde siempre anduvimos, incluso podría equivaler a innovar cada día.
Ese eximio escritor, y por demás amigo, Carlos Risco, con ese tono entre la poesía y la nostalgia, escribía que el rio Barbaña mal desembocaba en el Miño entre el cemento, la piedra, aluviones como de crecidas, o sea, maltratado. Uno, más prosaico, siempre recordó a este rio de aguas turbias; ahora no. Antes era muy frecuente ver como a los ríos se los convertía en receptáculo de todos los depósitos, incluso los sólidos; el Barbaña hasta hace muy poco era un rio de mierda, luego de bien nutrido por humanos detritus se realimentaba de alguna escorrentía de un terraplén donde se depositaban los deshechos urbanos en la Alameda. Lo poético de este Risco que si no ve fluir el rio, aunque cercano a sus rurales lares, y sí cuando urbano, es que nos retrotrae a aquella fabulosa Edad de Oro en la que todo ideal hasta que comprobamos en nuestros baños que siempre salías con algún sedimento barroso. La nostalgia de esa era dorada que nunca fue, desde la humana colonización, nos hace pensar en un Barbaña entregándose al Miño entre sauces, abedules, alisos, álamos, fresnos o el más escaso árbol de Zeus, el alianto, y el divino canto de los pájaros canoros; mas esa ribera acaso nunca existiera, o sí, porque hasta los arrasados por las avenidas restauran su arbóreo dosel.
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