Jesús Prieto Guijo
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Historias de un sentimental
Es una tradición consolidada, en este mes de mayo, la vuelta al Colegio Salesianos de varias decenas de sus antiguos alumnos, el más joven de los cuales no baja de los 70 años. Es como un rito que forma parte de sus vidas, de nuestras vidas, y el modo de entenderla. Esta vez fue el pasado día 10. Es un grato encuentro con los compañeros de pupitre. El responsable de que cada año nos veamos es Luis Rey, comisario de policía jubilado, y ordenado aglutinador de sus antiguos compañeros. Paciente, cariñoso con todos, eficiente y ordenado, a él se debe que todos los años retornemos a ese patio por donde fluyó una parte de nuestras vidas. Primero, en una reunión en una de las salas anexas a la dirección, luego foto en el patio, santa misa y recuerdo de los fallecidos, y finalmente adecuada comida de confraternización, como Dios manda.
Se enciende en nosotros el espíritu de Don Bosco que aquellos recordados profesores nos inculcaron. Ya he contado que, inevitablemente, todos los años, hablamos de las tortas o sopapos que nos daban los salesianos, que los daban de tres en tres. Y los llevamos todos, dentro del sistema pedagógico de aquellos tiempos. Ninguno de nosotros padeció ningún trauma. Al contrario, recordamos a aquellos expendedores sin rencores, sino con agradecimiento y efecto. Por eso esta reunión es un vivero de recuerdos de quienes contribuyeron de modo decisivo a hacernos hombre de bien, como se decía antes. Y conviene recordar ahora en estos tiempos donde tantas cosas decaen en esta sociedad que se disipa.
Los salesianos se establecieron en Ourense en 1910, pero no para la enseñanza regular, sino con el propósito de dedicarse a otro aspecto de su actividad, una granja escuela o taller hogar, como luego habría en Vigo. Cuentan las crónicas, que en 1897 una generosa dama ourensana, doña Carlota Vázquez Sarmiento quería donar a un fin religioso una extensa finca de la que era propietaria junto al puente viejo, el canónigo de la catedral de Ourense, Juan Bautista Casas González, que tenía simpatía por la obra de don Bosco, le aconsejó que la cediera a esta congregación. Y así fue.
A lo largo del siglo XX, salvo los avatares de la II República, la vida pública del Colegio Salesiano tenía además una especial característica, ya que el 24 de mayo, día de María Auxiliadora, en los años sesenta, todos los alumnos de todos los niveles –entonces vestidos de blanco impoluto--- salíamos en procesión por las calles de la ciudad, como evocan y recuerdan las viejas imágenes de aquellos tiempos. Este colegio tenía entonces –cosa que no sé si se conserva—una especial sensibilidad hacia una serie de actividades muy marcadas que, no en vano, hicieron que San Juan Bosco sea el patrono de las gentes del teatro, del cine y de los espectáculos. Todos los domingos había cine en el colegio, y con frecuencia se celebraban concursos, recitales y funciones de teatro y hasta de zarzuela, en alguna de las cuales yo mismo participé. Además, se contaba con una especie de estudios de radio que comunicaba con todas las clases, en los que los aficionados como yo ya nos entrenábamos. Yo mismo debo mi posterior vocación profesional a aquellas actividades teatrales del colegio, que luego repetí en otros ámbitos y que finalmente me llevaron al mundo de la comunicación, iniciado precisamente por la radio.
Los Salesianos dejaron su propia impronta en la ciudad, ya que era en mi época un colegio especialmente orientado a las clases media baja y baja, con carácter general, frente al perfil sociológico de otros centros que atraían a su propio segmento. En baloncesto éramos enemigos de los maristas, de modo deportivo, pero elocuente. Hablamos de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo. Este aspecto, el de su proyección social fue una de las particularidades de este centro y se debe destacar siempre. Por esas paradojas o casualidades de vida, hace unos años, me tocó ser miembro en la Universidad de Sevilla del tribunal de la tesis doctoral del director del Boletín Salesiano, en un acto académico al que acudieron para respaldarlo las dos máximas autoridades de la comunidad salesiana de España, de suerte que pude presumir que el camino que me había conducido hasta presidir aquel tribunal yo lo empezara como alumno del colegio salesiano en Ourense.
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