Itxu Díaz
USOS Y COSTUMBRES DEL VERANO
El romanticismo de la carretera
USOS Y COSTUMBRES DEL VERANO
Amenudo planeamos los viajes largos de verano por carretera como si fueran una experiencia romántica, próxima a la bohemia, como si nos conectara, qué sé yo, con la época en que se viajaba en coches de caballos, que era una cosa muy práctica, si lo comparamos con el antiguo viaje en globo. La carretera, ciertamente, tiene una magia especial de la que no puede presumir el cielo –me refiero al avión- e incluso el mar, que a menudo se comporta como el cielo en su monotonía. Sin embargo, viajar en coche durante días termina siendo algo más cercano a la pesadilla que a una historia de amor.
EL COCHE
Para hacer un viaje en carretera, necesitas un coche. Ir corriendo no es lo mismo. El automóvil te da, como su propio nombre indica, libertad y autonomía, y te quita, como su propio nombre no indica, libertad y autonomía. Tú puedes conducir el coche por donde quieras, con permiso de la DGT, pero no puedes conducirte en el interior del coche como quieras, o al menos, no como lo harías en un tren o un avión; corrígeme si estás en desacuerdo, pero dudo que en tu propio coche tengas cafetería y baño, o la posibilidad de viajar de pie. El principal inconveniente en el coche, por lo demás, es la avería, y lo que más cabrea es que no puedes llamar a la compañía aérea o ferroviaria para quejarte y trasladarles la responsabilidad del asunto. En el coche tan solo puedes resolverlo tú o llamar al seguro, si es que tienes ganas de hablar con una voz enlatada pregrabada que te manda hacer cosas estúpidas e ineficaces como decir “uno”, “dos”, o “tres” repetidas veces, o teclear tu número de póliza al derecho y al revés, mientras contemplas enormes llamaradas saliendo de tu auto.
GOOGLE MAPS
Las emociones fuertes de viajar en coche se perdieron con la llegada de Google Maps, que impide el momento de máximo romanticismo del conductor de los 80 y 90: cuando buscábamos una sombra para extender sobre el techo del vehículo una gran sábana de papel con las carreteras españolas. El conductor afinaba la vista encaramado al techo, mientras el resto de la familia sujetaba las esquinas como si fueran el mantel de un picnic, para evitar que el mapa se convirtiera en cometa surcando los cielos entre montañas, convirtiendo –entonces sí- el viaje en una verdadera aventura. Ahora lo más emocionante que ocurre viajando en coche es cuando el cachondo de Google Maps, como si fueras una maldita brújula, te dice: “dirígete hacia el noroeste”.
BARES DE CARRETERA
Si había algún encanto en tomar café o comprar un bocadillo en los viejos bares de carretera, no lo recuerdo. Hoy han sido sustituidos por enormes áreas de servicio y hemos ganado en casi todo, excepto en la salud de la economía familiar, que antes el inmenso bocata de jamón grueso y malencarado del Café Las Vegas costaba un par de euros y sabía a aceite de coche quemado, y ahora, en las gasolineras de diseño, te atiende Jonathan y su gorrita de McDonald’s en vez de Eleuterio y sus dedos como chistorras, y te casca 18 eurazos por una pulga de delicioso y finísimo jamón ibérico cortado con espada toledada de oro, con su aceitito del olivar del Abuelo Hermenegildo, que cuando pides la cuenta te dan ganas de dar la vuelta hacia casa y renunciar a las vacaciones.
AUTOVÍAS
La parte de romanticismo que no se cargó Google Maps la dinamitó el progreso, con su cara buena y su cara mala. La buena, que ahora tardamos una hora en desplazamientos que antes nos llevaban tres y viajamos mucho más seguros, sobre todo cuando el Ministerio de Fomento deja de gastarse el dinero en sobrinas y hace su maldito trabajo; la mala, que no hay comparación posible entre el viaje por autovía, siempre monótono y direccional, y el viaje por aquellas carreteras nacionales en las que recorrías la belleza y gracia de los pueblos de España, tomando cafés en Casa Paco, comprando baratijas en Lola Souvenirs, y parando a cambiarle el agua al canario en las afueras de cualquier enclave rural, en el huerto de Manolo, que a menudo agradecía tan simpática ocurrencia disparando una ráfaga de perdigones al epicentro de lo que sea que tenías entre manos.
LAS MULTAS
Momento cumbre del romanticismo del viaje en carretera en la bella y acogedora nación española es cuando, después de mil kilómetros de coche en menos de 24 horas, tu cerebro se desconecta un nanosegundo, y pasas por un gracioso y audaz radar de la DGT a 120, descubriendo con terror poco después que el tramo era de 80. Diferentes gobiernos trabajan desde hace años para hacer de los viajes en coche por España una experiencia realmente excitante y, sobre todo, inolvidable. Cuando en septiembre, semanas después de haberte incorporado de nuevo al trabajo, te llega esa cartita de la DGT, te das cuenta de que el Gobierno te ama: te quieren tanto que, para que no olvides los momentos tan bellos vividos lejos de casa y del trabajo, te envían una foto de tus propias vacaciones. La burocracia con alma. Cuestión de detalle. In love.
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