Isaac Pedrouzo
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Romanticismo romántico
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Existe un romanticismo ingenuo en las cosas que uno no conoce. La creencia es parecida a la relatividad: no sabes cuando aplicarla y cuando no. En el instituto un profesor de Literatura siempre nos preguntaba si creíamos en Dios. Cuando el Roberto, un quinqui que lloraba con las letras de Camela, le dijo que no, que no podía creer en algo que nunca había visto, el profesor le preguntó de nuevo si creía en el Amazonas a pesar de no haberlo visto tampoco nunca. Las caras vacías. Las caras eran un cuadro de Edward Hopper.
Y así, con una teoría absurda, descubrí el romanticismo de lo que no se ve.
Hace unos días me llamaron del periódico. Nunca me llaman. Para qué. No doy muchos problemas y casi nunca me meto con nadie. Destiné mi vida a la paz. Una voz de mujer, muy amable por cierto, me informaba de que habían recibido una carta dirigida a mi nombre. Escrito a bolígrafo, como en la época de antaño que siempre decía Rachel.
Le respondí con varias onomatopeyas de esas que salen cuando no sale nada. Ehh. Carraspeo. Chasquido de lengua y otro ehh.
Ella, también muy atenta, y ante la imposibilidad de desplazarme yo hasta la redacción en el polígono de San Cibrao, se ofreció a dejarme la carta en una oficina del centro. La oficina de publicidad y esquelas. Las esquelas que, según mi amigo Manolo, son el mejor lugar para ver qué pisos quedarán disponibles.
Las esquelas me dan escalofríos. Miedo. Y reafirman mi respeto por la muerte.
Por desaparecer.
Un desfile de teorías danzaban a mi alrededor como coristas de cabaret.
Será una queja. Una amenaza. Será una herencia de un familiar desconocido. Un acosador. Romanticé con la idea impensable donde yo sería Demi Moore y alguien estaría dispuesto a ofrecer una cantidad desmedida de dinero por pasar una noche conmigo, a dejarme todos sus bienes. Mi propio largometraje dramático.
El trayecto desde mi casa hasta la oficina de publicidad y esquelas se convirtió en un viaje romántico. No recuerdo el camino. Ni las personas con las que me crucé. O si saludé a fulanita o menganito. A unas pocas decenas de pasos me esperaba la incertidumbre sellada en un sobre con la saliva de alguien que no conozco.
Me reconoció la chica al instante. No por ser yo alguien notorio, sino porque, es probable, le he puesto cubatas a un número indecente de gente.
Le agradecí su gesto con otra onomatopeya. Esta vez escogí ahhh. Y tragar saliva.
El sobre no tenía remite. Señal inequívoca de que la persona que se escondía entre mis manos no quería ser identificada. Un A4 escrito solo por una carilla terminaba con un “No deje de escribir, aun somos muchos los que leemos libros y papel aunque seleccionemos qué leemos por higiene mental. Un saludo.”
El romanticismo puede estar en un sobre anónimo que tiene el poder de mejorar la vida. De mejorar un día.
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