Chicho Outeiriño
DEAMBULANDO
Los más de mil apodos de Benchosey… y los nuestros
España ha evolucionado de la generación OT de Rosa a la generación TT de Rosalía, una mezcla de raíces flamencas y pop moderno de carácter universal con altibajos de calidad, pese a lo cual no decepciona y se supera a sí misma. España ha ido de la operación triunfo de Rosa, Bisbal y Bustamante a la generación triunfo total de Rosalía, una artista inclasificable que arrasa con su creatividad innovadora tras reinventar con éxito global la fusión de ritmos, sones y quejíos. Rosalía se ha convertido en un fenómeno de masas, aún no la altura de Taylor Swift, pero camino de conseguir un reinado latino internacional incontestable. Rosalía no es una cantante de temas ajenos, sino que compone la mayoría de sus obras y hace suyas las versiones cover de canciones portentosas. La diferencia entre un gran artista y otro del montón es que la estrella se apropia del alma de sus canciones y las transmite como si fueran suyas.
Su look actual está ahora en un momento Madonna, que se percibe no sólo en la portada beata de su disco ‘Lux’, sino en la portabilidad de elementos y signos religiosos como la cruz y un discurso respetuoso con las creencias al tiempo que desafiante y transgresor
Ya en la treintena, Rosalía también peleó en sus inicios con el típico rechazo de las radiofórmulas y entendidillos de la música, aunque el éxito no entiende a veces del negocio empresarial ni las limitaciones de sus dueños. Pero su voz portentosa, capaz de cantar ópera, flamenco y obra propia con credibilidad y buen gusto, es irresistible para todo tipo de público, lo que hace de ella una moda que suscita curiosidad masiva. Rosalía no sólo es cantautora, sino que es productora musical, actriz y empresaria. Cada disco, cada gira, cada videoclip o entrevista están pensados a lo grande, sin renunciar a su esencia y sello personal, pero sorprendiendo con un lanzamiento ambicioso y repleto de originalidad y fuerza. Si reparamos en la portada de su último LP y sus escogidas apariciones, su look actual está ahora en un momento Madonna, que se percibe no sólo en la portada beata de su disco ‘Lux’, sino en la portabilidad de elementos y signos religiosos como la cruz y un discurso respetuoso con las creencias al tiempo que desafiante y transgresor. La cantante catalana está en un momento tan dulce que hasta desafinando lograría aceptación, porque se ha ganado el favor del público. Se muestra espontanea, pero tiene una claridad de ideas y un registro entre la modestia, la humildad y la grandeza que la convierte en una estrella musical de enorme trascendencia e influencia. Rosalía se reta a sí misma con lo sinfónico sin renunciar a sus raíces flamencas, a ese duende catalán de la rumba gitana capaz de convertir en moderno lo clásico, en una liturgia esperanzadora cada estreno y cada concierto. Quizás en la vida pública española nos hace falta alguna Rosalía en femenino o en masculino, un liderazgo capaz de convencer con la sinceridad sentida de cada nota. Mística pero comercial, profunda, aunque superficial, su música es un padrenuestro de complicidad, una reliquia a preservar, una virgen terrenal a la que rezar, una inspiración de emociones que convence para fuera y para dentro. De Rosa a Rosalía, la música evoluciona y recupera la fe. Por eso España ha de valorar la importancia de este fenómeno crepuscular que llena de luz los corazones.
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