Sonia Torre
UN CAFÉ SOLO
Sacrificium
UN CAFÉ SOLO
Sacrificio, del latin sacrificium, se compone de sacrum (sagrado) y facere (hacer), con el significado original de “hacer sagradas las cosas”. La Real Academia de la Lengua ofrece hasta ocho acepciones de la palabra: “Ofrenda a una deidad en señal de homenaje o expiación/Acto del sacerdote al ofrecer en la misa el cuerpo de Cristo./Matanza de animales./ Matanza de personas, especialmente en una guerra o por una determinada causa./Peligro o trabajo graves a que se somete una persona./ Acción a que alguien se sujeta con gran repugnancia./ Acto de abnegación inspirado por la vehemencia del amor./ Operación quirúrgica muy cruenta y peligrosa”. Ocho significados de los que no parece que salga bien parado en ningún caso el sujeto del sacrificio.
Las palabras importan, importa su elección. Hablar de sacrificio es hablar de renuncias, abnegación, sufrimiento o resignación (esto también lo dice la Real Academia). Es bueno tenerlo en cuenta antes de aceptar ciegamente los que desde cualquier poder nos quieran imponer, sobre todo, si no sabemos bien quién pagará finalmente los costes. Alguna experiencia previa ya nos pueda dar una idea. En la crisis del 2008, asumimos como sociedad bajadas de salarios, regulaciones de empleo y despidos, entre otras sacrificios propuestos, para al final descubrir que no todos estábamos en el mismo lugar del barco. Mientras unos remaban duramente, otros permanecían tomando el sol en la cubierta, con incremento de ganancias garantizadas. Las facturas grandes las pagaron los mismos de siempre: los que trabajan duro para conseguir un salario, a veces, demasiado corto.
Eso sí, cada uno debe ser libre de asumir todas las renuncias que considere oportunas, pero conociendo bien la letra más pequeña y las repercusiones futuras, porque de nada servirá alegar después que fue engañado. La libertad ya sabemos que conlleva una gran responsabilidad.
Pedir sacrificios suena, porque hay músicas que se parecen demasiado, a aceptar la reducción de derechos conquistados con mucho esfuerzo, sudor y lágrimas, base de un estado de bienestar social que no podemos destruir. Porque también sabemos qué pasa con la mayoría de la ciudadanía cuando lo público se arruina en favor de lo privado, nada bueno para las cuentas bancarias de pocos dígitos.
Eso sí, cada uno debe ser libre de asumir todas las renuncias que considere oportunas, pero conociendo bien la letra más pequeña y las repercusiones futuras, porque de nada servirá alegar después que fue engañado. La libertad ya sabemos que conlleva una gran responsabilidad.
En 1939, John Steinbeck publicó su novela Las uvas de la ira. En ella, en un momento dado, su protagonista Tom Joad reflexiona: “Nos piden que aguantemos, que nos sacrifiquemos, que tengamos fe. Pero no se puede alimentar a un niño con fe ni con sacrificios. La gente aguanta hasta que ya no puede más, y cuando ya no puede más, algo tiene que cambiar.”
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