José Luis Gómez
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PERDÓN POR LA MOLESTIA
En unos días se han muerto dos periodistas de letras capitulares: Fernando Ónega (“soy gallego y periodista, no sé en qué orden) y Raúl del Pozo (“la muerte es una mala decisión de los humanos”). El oficio entierra con honores a quienes han iluminado con sabiduría la penumbra de la actualidad. Se han ido con todos los reconocimientos a título póstumo, como es costumbre. Hay quien en la profesión espera fallecer para que se le haga un sentido obituario con la esperanza de recrearse en la lisonja, pero los panegíricos no traspasan la mortalidad.
Con una generación de periodistas se escapa también una forma de contar las cosas, periclitada ya por las exigencias de estos mundos, polarizada por el interés político y cebada por medios que sustituyen opinión por activismo. En provincias nos dan cavadas las trincheras. Todo es Madrid. Todo es Santiago también, como si lo local fuese género menor. Los complejos del gremio, que también existen, suspiran por las palabras escritas extramuros. Nosotros, tan gallegos, pocas veces hemos presumido de que un texto é da casa, como los grelos y los chorizos. Del Pozo ("el Paco de Lucía de los columnistas", como le bautizó Jesús Quintero) cultivó como nadie el reporterismo. Se bebió los grandes acontecimientos mundiales, pero también publicó reportajes sobre ratas en Madrid, su bautismo en el diario Pueblo. Nadie hubiese dado un duro por él si se quedase en su Cuenca natal. La calle en Ourense espera por sus periodistas, no digamos por sus políticos. Sal a la calle si tienes huevos, habría que decirles a ambos, como invitación, no como amenaza. Esta profesión parece que carga con la losa de redimir a la sociedad de sus pecados. La parálisis de las obras de la avenida de Portugal ha convocado esta semana un concurso de redacción con este lema: "si el Concello de Ourense es tan eficaz, ¿por qué no paga a quien contrata?" La Región radiografió nuestra ortopédica ciudad para que concejales fuesen a sacarse fotos entre cascotes y los vecinos se animasen a denunciar el parón de los trabajos. En Ourense nadie se siente concernido por nada ni nadie, parece que nada se mueve sin la fusta de la redacción. Difícil que solo este periódico despierte conciencias. Ni aunque escribiesen en él Ónega y Del Pozo.
Un músico callejero pone voz al sonido pregrabado de su portátil. La gente que pasa le ignora, el cestillo tiene un par de monedas de cebo y en la tapa del ordenador una generosa pegatina pide donativos por bizum. El intérprete, de rasgos latinos, borda un bolero con sentimiento: “Si encuentras un amor que te comprenda y sientes que te quiere más que nadie, entonces yo daré la media vuelta y me iré con el sol cuando muera la tarde”. Muy cerca una chica de melena rubia hace gestos pretendidamente seductores ante el móvil que sostiene un chico. Sus movimientos en escorzo buscando el posado perfecto provocan el espanto de las palomas.
Si vas por el centro aún hay cierto tono vital, al margen de los jubilados de Abanca, Santander y BBVA que son ya mobiliario urbano. Siempre son los mismos y a la misma hora y si fallan es que tenían cita en el médico. Ourense sabe vivir con poco, incluso sobrevive al cierre de La Molinera, a los seis años sin piscina de As Burgas, a la parálisis del Museo Municipal, a la clausura del Espazo Lusquiños o a la falta de alternativa para la oficina de Turismo. El pulso económico lo da la iniciativa privada, la municipal solo está para los impuestos y las multas. Las enseñas comerciales foráneas entran al pastel del consumo, el viejo Hotel Miño se prepara para una nueva vida y algunos nobles inmuebles de la zona rica del casco histórico se rehabilitan gracias a los inversores. El Concello ha claudicado, la ciudad aún no. De vuelta los jubilados ya se despiden hasta mañana, la chica mira impaciente los me gusta de Instagram y el músico sigue sin monedas, quién sabe si tiene bizum pero él sigue cantando, ahora una de Perales: "Y se marchó y a su barco le llamó libertad..."
De la chistera de Pedro Sánchez salió esta semana una especie de odiómetro, un medidor del espesor de la piel: fina si le zascan a los suyos, con callo si le dan al resto.
En la aldea por un conflicto de lindes dos paisanos se juraron todos los males. Esas sí que eran reválidas vitales. Por toda la tierra que cabe en una azada uno de ellos deseó el más maligno de los cánceres tanto a su adversario como a toda su familia. El aludido prometió pasarlo por las armas y picarlo como zorza. La muerte puso paz, solo la muerte, y uno de los contendientes, el que ambicionaba el terruño vecino, fue enterrado de prestado en un panteón que no era el suyo, porque carecía de espacio en el camposanto. Leemos aquí que Ourense es territorio de pequeñas huertas y cultivos para el autoconsumo. Preparamos pequeños terrenos para nosotros y los nuestros porque somos herederos del minifundismo ya no solo físico sino también mental. Es una ourensanada contrastada el individualismo, el que nadie me mova o marco da leira. Salvo raras excepciones, los nuestros han hecho cosas a lo grande cuando escaparon de aquí y de la mentalidad dominante. Una familia con diez hijos y cien metros cuadrados de terreno consideraba una buena solución dejarles en herencia diez metros cuadrados a cada uno. Así fueron nuestras estrecheces, pero también el ourensano siempre creyó que la solución era arreglar las cosas de forma individual. En eso seguimos.
Mira tú como comienza a notarse en nuestros bolsillos la factura de la/s guerra/s de Trump, que no son las de Gila, precisamente. Mira tú el impacto que tiene en la gasolina la subida del precio del barril de petróleo por el conflicto bélico con Irán. Mira tú que un litro ya supera los dos euros en varios surtidores de la provincia, es decir, el precio de un café una noche en una cafetería del centro de Ourense, pero esa ya es otra historia. Mira tú como cambia el escenario con respecto a otras crisis anteriores ya que a los portugueses no les compensa repostar en Feces porque el combustible allí está subvencionado, cosa que aquí no está previsto. Mira tú como los movimientos para proteger las economías domésticas se hacen de rogar, quizá esperando que las armas se bajen o por un paquete de medidas del Gobierno que nos va a dejar, según los ministros, los bolsillos niquelados. Mira tú que de momento lo más eficaz es proclamar "no a la guerra". Algo es algo. Mira tú.
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