Chicho Outeiriño
DEAMBULANDO
Los más de mil apodos de Benchosey… y los nuestros
Y de repente tropecé y me precipité por un agujero de color gris. Estrecho. Sin olor. Sin fondo. Y una luz tenue de bar. Caí sentado, en un ángulo perfecto de 90 grados. Me golpeó inesperado desde arriba uno de mis zapatos, que supongo se había quedado rezagado en el desplome. Y en el momento exacto del impacto, despierto de pronto. Justo delante de mí, Lúa, la mayor de mis gatos, me pega con la pata en la coronilla recordándome que lleva ya dos horas sin comer. Yo estoy recostado en la cama, en forma de L, con el móvil entre los dedos, reproduciendo un vídeo de ASMR en bucle. La pierna derecha colgando al aire. La persiana a medio bajar y la cortina embarullada. El sol de invierno, el que no es amarillo ni es blanco, que intenta entrar en la casa.
El sol de invierno, que es como ese amigo que nunca te va a querer del todo
El sol de invierno, que es como ese amigo que nunca te va a querer del todo.
Son las 8 de la mañana. En el edificio de enfrente un universitario de primer año concilia una serie de 10 flexiones con la silla de oficina donde se sienta a estudiar. Lo hace cada día. Se sienta a las 7 y se levanta a las 2.
Paula, que ahora vive algunos días en otra ciudad, me escribe para darme los buenos días. Le digo que estoy sopi, que la quiero mucho, que nunca duermo en su lado de la cama. Que se me cayó septiembre.
El telefonillo de la ducha nunca tiene presión a esta hora. Es la hora punta de las duchas, o de las duchas de la que gente que se ducha. Pienso en todos los mails que tengo que enviar. En las llamadas perdidas de ayer. Pienso que hoy da lo mismo la ropa que me ponga, que es uno de esos días en que todo me sienta mal.
Recuerdo que anoche me acabé todo el pan y no dejé nada para las tostadas, que no quiero bajar a desayunar al Prisma, que siempre hay mucha gente, que el periódico nunca está libre y seguro que me toca el señor que se sienta en la barra enseñando la regañeta. Miro por la ventana. Otra vez las señoras sentadas en el banco de la acera de enfrente. Seguro que están pensando “otra vez que sale el sol y no calienta”. Los coches aparcan en tercera fila y las cajas de cartón marrones se atropellan entre los portales. Hay gente en manga corta, en maga larga, con anorak, algunos en pantalón corto y cuello alto, la gente fuma caminando, la gente fuma en la terraza. La gente se saluda y repite el chiste de todas las mañanas. Buenos días. Buenos serán pa tí. Ponde vas. Po carallo.
SEUR, el autobús, la obra. El alboroto del camino al colegio. Y yo sin nada para desayunar.
Un hedor insoportable me avisa de que Leo, el gato más joven, ha vuelto a cagar en la ducha para llamar la atención.
Son las 8 de la mañana. En el despacho de casa todavía no hace calor a esta hora, pero el sol entra.
Otra vez que sale el sol y no calienta.
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