Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Días atrás, dentro de los encuentros periódicos que organiza la Asociación de Periodistas de Galicia, un numeroso grupo de profesionales de todos los medios, incluidos jubilados, como yo mismo, nos reunimos con el conselleiro de Sanidad de la Xunta de Galicia el oncólogo Antonio Gómez Caamaño. Nos pareció un hombre educado, templado hasta simpático, quizá por eso, fue un encuentro amable, en el que apenas se penetró en asuntos espinosos de su gestión. Es más, los veteranos, como yo mismo, no nos metimos a fondo, dejando a los jóvenes que afilaran los estiletes de las preguntas adecuadas, pero tampoco lo hicieron y al final posamos en una foto de familia con el señor Gómez como en una boda. Y yo me arrepiento de no haber sido más incisivos, aunque iba preparado para ello, quizá predominó mi agradecimiento por el trato que me dieron en el hospital donde poco antes estuviera dos semanas.
También se le podría preguntar por qué en Galicia no se dispensan en delicados tratamientos medicamentos que sí cubre la Sanidad pública de otras comunidades, y que, curiosamente, se expiden a precio inferior en Portugal
Pero había materia de sobra. Por ejemplo, que nos explique cómo el pasado verano no se suplieron las bajas de médicos de familia en buena parte del país, o por qué en no pocos centros no había pediatras o cómo era posible que se ofrecieran contratos de trabajo a jóvenes galenos para ocuparse cada día de la semana en un centro distinto, cosa insólita que supone la imposibilidad de contacto regular con sus pacientes. También se le podría preguntar por qué en Galicia no se dispensan en delicados tratamientos medicamentos que sí cubre la Sanidad pública de otras comunidades, y que, curiosamente, se expiden a precio inferior en Portugal que, en Galicia, y a los que, pese a ser recetados por los cardiólogos por su eficacia sólo están aquí al alcance de quien pueda pagarlos, y no de todos los que lo necesitan.
Aunque le ha echado un capote el presidente de la Xunta y él se ha disculpado, el señor Gómez nos acaba de sorprender con una serie de afirmaciones, en las que aparte de la vulgaridad y el tono de sus asertos, nos ha revelado una descorazona evidencia de cómo entiende lo que debe ser la sanidad que sostenemos los contribuyentes y que creíamos asumía como un derecho a cuyo servicio debería estar, por lo menos, en esta etapa de su vida. ¿Cómo puede afirmar que las personas mayores son diestros operadores de la app del Sergas, aparte de la impropia comparación más propia de un protólogo (o sea, los médicos de las cosas del culo) que de uno del cáncer? Pues no es verdad, y con frecuencia los usuarios en general tienen dificultades en su manejo.
Llega a comparar el razonable deseo de cualquier persona de gozar de buena salud, comparándolo con un orgasmo
Pero lo que revela Gómez es que su departamento proyecta, como ya ocurre, una especie de medicina telefónica, que aleje cada vez más al paciente del contacto personal con el médico, como ocurre con esmero en la sanidad de pago, o sea, la privada. ¿Y cómo puede venir a decir quien se supone que realizó el “Juramento hipocrático” de servir a la vida que la salud y su demanda está valorada en exceso o que las personas que no leen no tienen el mismo derecho a cuidados y atenciones de la vista que los empollones? ¿Se ha dado cuenta lo que se desprende de sus palabras? Llega a comparar el razonable deseo de cualquier persona de gozar de buena salud, comparándolo con un orgasmo. Y por lo visto, como ha “exceso de oferta”, los usuarios abusamos, o sea, que nos ponemos enfermos por puro vicio. O sea, que “a las personas que no leen las cataratas les importan menos”, ergo, por ello no hay que curarlas.
En un Gobierno normal, este oncólogo social debería haber sido cesado, sin cubrirlo con la sábana de la disculpa o el error. Y cómo ocurre en estos casos, pues se recurre a la disculpa meditada, pues no se tiene el valor de sostenella y no enmendalla. De todos modos, el señor Gómez ha hecho un gran servicio. Nos ha mostrado la filosofía de formas y contenidos de su concepto de la Sanidad pública y para qué sirve, apuntalada por el señor Rueda que lo nombró y ampara. Hay evidencias tan evidentes que no hace falta añadirles nada. Y es que, por lo visto, los usuarios de la medicina que pagamos con nuestros impuestos estamos mal acostumbrados y se impone recortar y dejar que funcione el libre mercado. Y la salud es simplemente una mercancía.
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