Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Es llamativa paradoja que en la historia de España no haya habido ningún personaje que haya adobado repetidamente su discurso sobre dos bases: su compromiso con la verdad “Como me enseñaron mis padres” y unos principios (morales) como rectores permanentes de sus actos, tan invocados para afirmar en la tribuna del Congreso que tales principios nunca le permitirían depender del voto independentista para llegar a la Moncloa o gobernar el país. Del mismo modo, adornó su discurso con figuras retóricas creativas, orladas de líneas rojas que nunca traspasaría. Cuando alguien miente de forma repetida deja de tener una respuesta emocional ante sus propias falsedades. Por eso, los neurólogos han llegado a la conclusión de que el cerebro de un mentiroso funciona de manera diferente: son mentes hábilmente entrenadas para ese fin. Y ahora esto.
Sánchez es un gran creador de lenguaje. Cumple determinadas leyes negativas de la historia de España en momentos como el presente, como que el régimen dominante considere enemigos suyos a multitudes de españoles que están, por tanto, aunque sumen millones, fuera de la mayoría social, aunque esta mayoría la formen, como en este caso, una amalgama variada como sus actuales consocios. Pero lo que nunca se viera a un presidente del Gobierno y secretario general de un partido que explicite de modo tan elocuente descalificaciones a sus más próximos colaboradores, a sus propios camaradas que sostienen dentro de la organización posiciones críticas, y por lo tanto democráticas, sobre sus pactos y enredos con los mismos que, basado en sus “principios”, nunca lo haría, léase Bildu, ERC y otros.
“Al mentiroso le es forzoso tener buena memoria”. Es decir, debe acordarse de sus propias mentiras para no meter la pata y quedar en evidencia
La descalificación literaria con de forma tan elocuente de quienes, se supone, son sus personas de confianza, trasladadas a un personaje que, se supone también, que la había perdido, cuando lo desencabalgara de su Gobierno, aunque, porque de algo se tiene que vivir, lo coloca en una lista para que el Congreso le proporcione un sustento (y ahora la protección necesaria para afrontar la suerte labrada con sus fechorías) digo que denotan la ya conocida altura moral del sujeto emisor. Pero lo más insólito es la reacción del partido donde Pedro Sánchez reina y sus más directos edecanes y la buena de la “pájara”, apelativo sin duda cariñoso a la que no importa el hipocorístico con la obsequian, ya que sin duda fue cosa de tiempo pasado y a ella no la incomoda tal cosa como a otros. Cuando Sánchez la llama “pájara” quiere decir que la considera persona de “altos vuelos”. Hay que entenderlo así.
Ya hemos aludido aquí a los estudios de la doctora Tali Sharot, una profesora de neurociencia cognitiva del University College de Londres, sobre conductas como la de Pedro Sánchez, en el sentido de que este tipo de personajes están dotados de un sofisticado proceso de auto-entrenamiento donde acabar prescindiendo de toda emoción o sentimiento de culpa. Y el modo en que ridiculiza, no ya a los discrepantes, sino a los más próximos Y el encargo mismo que traslada a Ábalos connota con la imagen de un capo dando órdenes a su escolta para que amedrente a quienes lo incomodan.
El lenguaje del doctor Sánchez acerca a la mutabilidad de las lenguas, Sánchez puede estar afirmando una cosa y sintiendo la contraria, con una enorme naturalidad y capacidad para defender, llegado el caso, que quería decir todo lo contrario de lo que el común de sus oyentes interpretaba. Esto es, un insulto es un elogio. Es que no lo entendemos. El discurso de Sánchez encaja en la llamada “La teoría del hablar” o la teoría del ser que se rige por sus propios contenidos de nula conciencia. Y eso nos traslada al de la moral. Entraría en la capacidad de expresión del lenguaje polivalente; es decir, una misma palabra puede tener significado diferente, según la hora del día o la conveniencia o la ocasión. Dice Quintiliano “Mendacem memorem essse oportet”, o sea, “Al mentiroso le es forzoso tener buena memoria”. Es decir, debe acordarse de sus propias mentiras para no meter la pata y quedar en evidencia llegada la ocasión. Claro que ya Cicerón nos previno de que seamos cautos, pues nos dijo “Mendaci neque cum vera dicit creditur”, o sea, “al mentiroso ni cuando dice la verdad se le cree”.
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