Saquemos el sentido común del museo

Publicado: 13 oct 2026 - 03:50
Opinión en La Región
Opinión en La Región | La Región

Hubo un tiempo -qué ingenuidad la nuestra- en que ser normal no tenía mérito. Era, sencillamente, lo natural. Uno podía pensar lo que quisiera, decirlo, discrepar del vecino y tomarse un café con él al día siguiente. Nadie necesitaba un manual de instrucciones para conversar ni un comité de expertos para decidir si una frase podía resultar ofensiva.

Pero hemos progresado. Y mucho. Tanto, que ser normal empieza a resultar sospechoso. Hoy, decir que crees en la familia tradicional puede convertirte en un fósil. Defender que los niños necesitan límites despierta sospechas de autoritarismo. Afirmar que una opinión es una tontería puede ser considerado una agresión. Y decir tranquilamente “no estoy de acuerdo” parece haberse convertido en una peligrosa declaración de principios. Hemos llegado a una conclusión extraordinaria: como todos somos iguales ante la ley, aparentemente también debemos ser iguales ante la razón.

Y no. Una democracia sana no necesita ciudadanos que piensen igual. Necesita ciudadanos capaces de pensar diferente sin convertirse por ello en enemigos. La libertad de pensamiento tiene un defecto imperdonable: permite pensar cosas diferentes. Así que hemos perfeccionado el sistema. Ya no basta con tener una opinión. Hay que tener la opinión correcta, expresarla con las palabras correctas, en el momento correcto y, si es posible, con la dosis adecuada de entusiasmo.

Antes uno podía equivocarse y rectificar. Ahora una frase desafortunada, una broma mal interpretada o una opinión pronunciada hace diez años pueden bastar para convertir al ciudadano corriente en sospechoso. Hemos creado, aunque todavía no sepamos dónde está la ventanilla, un imaginario Registro Nacional de Opiniones Sospechosas.

Y el catálogo de herejías crece: fascista, machista, retrógrado, insensible, reaccionario, intolerante… Siempre hay una etiqueta disponible para quien cometa el imperdonable pecado de no repetir exactamente el catecismo de moda.

Las etiquetas tienen una ventaja extraordinaria: ahorran el esfuerzo de pensar. Si llamas fascista al que discrepa, ya no necesitas escuchar sus argumentos. La etiqueta sustituye al argumento. Y eso resulta muy cómodo, porque escuchar al adversario tiene un inconveniente intolerable: puede tener razón.

Nunca se había hablado tanto de tolerancia y, sin embargo, nunca había parecido tan necesario decidir previamente qué cosas son tolerables y cuáles no. La tolerancia ha empezado a significar, demasiadas veces, aceptar únicamente aquello que previamente ha sido declarado aceptable.

Le basta con conseguir que el ciudadano se autocensure. Que antes de hablar revise cada palabra, calcule quién puede sentirse ofendido y decida si merece la pena correr el riesgo de expresar lo que realmente piensa.

La nueva ortodoxia ni siquiera necesita censores. Le basta con conseguir que el ciudadano se autocensure. Que antes de hablar revise cada palabra, calcule quién puede sentirse ofendido y decida si merece la pena correr el riesgo de expresar lo que realmente piensa. El resultado es más eficaz que cualquier prohibición: nadie te tapa la boca; aprendes tú solo a mantenerla cerrada.

Mientras tanto, hemos conseguido otra hazaña: convertir el sentido común en una pieza de museo. Se proclama el pensamiento crítico, siempre que critique lo mismo que nosotros. Se defiende la libertad de expresión, siempre que nadie se empeñe en ejercerla demasiado. Se alaba el pluralismo, siempre que el pluralismo no altere las conclusiones previamente establecidas. Es una curiosa democracia esta en la que se permite votar entre distintas opciones, pero se empieza a sospechar del ciudadano que piensa de manera inconveniente.

La vida real, afortunadamente, sigue siendo bastante menos sofisticada. La gente quiere llegar a fin de mes, educar a sus hijos, vivir con seguridad, cuidar de sus padres y disfrutar de un poco de tranquilidad. Problemas antiguos, poco glamurosos y demasiado reales para solucionarlos con una consigna. Quizá haya llegado el momento de recuperar algunas cosas que estamos empezando a considerar revolucionarias: discrepar sin odiar, escuchar sin rendirse, rectificar sin humillarse y pensar sin pedir permiso.

Cambiar de opinión no es una traición. Reconocer un error no es una derrota. Admitir que el adversario tiene razón en algo no convierte a nadie en desertor de su propia causa.

Una sociedad libre no es aquella en la que nadie se siente ofendido. Es aquella en la que nadie necesita vivir aterrorizado por la posibilidad de ofender. Hemos confundido demasiadas veces progreso con indignación, sensibilidad con susceptibilidad y tolerancia con unanimidad. Por eso quizá la rebeldía más extravagante de nuestro tiempo consista simplemente en decir: “No estoy de acuerdo”. Y seguir tomando el café con quien piensa lo contrario. Sin pedir perdón. Sin llamar a una comisión. Sin consultar el manual.

Porque si hemos conseguido convertir la sensatez, la moderación, el sentido común y la libertad de pensar en conductas sospechosas, tendremos que admitirlo: el problema ya no es que haya demasiados provocadores. El problema es que la normalidad se ha convertido en una forma de resistencia. Y quizá, precisamente por eso, haya llegado el momento de reivindicarla.

Contenido patrocinado

stats