Chicho Outeiriño
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Es sabido que el fútbol es el deporte rey. Guste o no, existan numerosos “republicanos” con la intención de bajarlo del trono, ahí sigue el balompié. A veces, la saturación de partidos, la creación de torneos de forma artificial o su emisión a todas horas sin demasiado control de calidad juegan en su contra. Pero otras veces la reconciliación llega a lo grande. Fue lo que ocurrió esta última semana. Partidos de altura, emociones a flor de piel, tensión, alternativas… En la Liga de Campeones y en la Liga doméstica. Partidos para recordar, incluso en una época donde todo es inmediato y se tiende a olvidar rápido, pasando a la siguiente pantalla sin reflexionar o disfrutar.
En ese menú, al Barcelona le salió cruz en Milán. Lo tuvo cerca, mucho, dolorosamente cerca para los blaugranas, pero se escapó. Días después le salió cara, ante el Real Madrid, en un Clásico que todavía dará que hablar en las próximas jornadas. Un duelo con mucho de épica, bastante de polémica e imperiosamente decisivo para definir al campeón.
Los amantes de otros deportes tuvieron su buena dosis de motos, ciclismo, tenis o buen baloncesto. Pero los monárquicos llevan unas jornadas pegados a las pantallas. Y todavía quedan emociones fuertes. Hay sitio para todos, cada modalidad tiene su importancia y merece su espacio en los medios de comunicación y en los corazones.
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