El servicio militar

¡ES UN ANUNCIO!

Publicado: 18 abr 2026 - 07:32
Isaac Pedrouzo
Isaac Pedrouzo | La Región

El último día que vi a mi hermano la habitación olía a yeso. Igual que huelen los pisos vacíos en los que no vive nadie.

Como olía tu casa, tu habitación.

En la bolsa de deporte de mano él había metido varios gurruños de ropa anodina. De la que usas para bajar la basura, para la resaca. Un chándal gris, una camiseta de calefacciones Formoso. Los calzoncillos que nunca te pondrías para un viernes por la noche. Las baldas vacías. Los cajones inútiles.

De como deshabitar un armario en cinco minutos.

Subimos al Renault 21 mis padres, mi hermano, mi hermana y yo.

Todo sucedió como en una película de cine francés independiente: invertir todo el peso de la trama en la ausencia de acción. Mamá puso la radio. Mi hermana se durmió. Mi padre conducía con una mano y fumaba con la otra. Mi hermano miraba por la ventanilla, como si fuese una de esas últimas veces. Y yo, yo solo podía pensar en alguna manera de escapar. No sucedía nada. No importaba tampoco.

Hay sitios donde es mejor no hablar. En el sexo. En las salas de espera. En los conciertos. En algunas personas.

Varias decenas de jóvenes esperaban en perfecta alineación perpendicular al lado de la cafetería Noper. Bolsas, mochilas. Las barbillas se precipitaban como si se hubieran rendido. La derrota en el barrio de Los Remedios. Los Remedios, nombre desafortunado para una escena moribunda.

Mi hermano subió a un autobús que ponía “cuartel de Astorga”. En el servicio militar uno aprende a ser hombre, endurece el alma, como siempre decía mi abuelo. Yo ya me sentía hombre a los quince y no consideraba necesario que se me endureciera nada más que la entrepierna.

Mi hermano subió al autobús, esa fue la segunda vez que lo vi por última vez. Durante el trayecto de vuelta el coche olía a tabaco y a insomnio.

No volvió durante meses, ni siquiera por Navidad. En la única carta que me escribió durante ese tiempo solo me hablaba con afirmaciones negativas: esto no está tan mal, no os preocupéis, no me va a pasar nada, no sé qué, no sé cuánto. El no, siempre delante.

Apareció un día sin más, sin previo aviso, estaba allí sentado en el borde de su cama. La misma sonrisa, el mismo modo de bracear al hablar. No sé qué se le pregunta a alguien que dejas de ver durante un espacio largo de tiempo. ¿Ya volviste?, supongo, aunque la obviedad sea casi absurda. Soy otra persona, quizás lo hayas notado, me dijo. Asentí en silencio, como lo hacen los niños cuando guardan un secreto. Y esperé obediente para comprobar quien era ese individuo que se parecía tanto a mi hermano. He visto cosas que no creerías, vi a gente cagar en un agujero en medio del monte, asintió cabizbajo apretando la colcha con las manos.

A los pocos años el servicio militar dejó de ser obligatorio. Mi hermano nunca volvió a ser mi hermano.

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