Juan José Feijóo
Jueces y fiscales levantan la voz
La primera visita del papa a España, algo más que un viaje pastoral, ya forma parte de la historia. Nuestro país está viviendo unos días extraordinarios, cargados de emoción, simbolismo y esperanza, que permanecerán durante mucho tiempo en la memoria colectiva de millones de personas.
La llegada del pontífice supone mucho más que un viaje pastoral. Sus palabras han resonando con fuerza, y su insistencia en la necesidad del diálogo y de la búsqueda de acuerdos ha consolidado una imagen que muchos ya identifican claramente con la del “papa de la paz”.
Sin embargo, si algo está caracterizando esta visita es su capacidad para emocionar. Las imágenes vividas durante la vigilia con los jóvenes, reunidos para compartir una experiencia de fe y encuentro, quedarán grabadas en el recuerdo de quienes tuvieron la oportunidad de presenciarlas en directo o de quienes lo seguimos por televisión.
Especialmente impactante resultó el silencio. Un silencio profundo, sincero y sobrecogedor. Como recordó el propio santo padre, el silencio convertido en oración y fe. En una época marcada por la prisa, el ruido permanente y la hiperconexión, contemplar a miles de jóvenes guardando silencio para rezar juntos es una imagen de enorme fuerza simbólica. Esa escena nos muestra que la juventud es capaz de detenerse, escuchar y abrirse a las grandes preguntas que acompañan a toda existencia humana.
La misma emoción se vivió durante la gran celebración litúrgica. El silencio de más de un millón de personas durante la consagración constituyó uno de los momentos más impresionantes de toda la visita. Resulta difícil encontrar ejemplos semejantes de recogimiento colectivo. Aquella multitud inmensa, unida en el respeto y el recogimiento, transmitió una sensación de comunión que trascendía las diferencias de origen o edad. Una demostración de que el silencio puede ser más elocuente que cualquier discurso.
Pero el legado de esta primera visita del papa no se limita a las imágenes multitudinarias. Sus mensajes están dejando también importantes reflexiones para el presente y el futuro. Entre ellas, una especialmente relevante: nada de lo que ocurre en la sociedad es ajeno a la Iglesia. Con esta afirmación, León XIV ha querido recordar que la fe no puede vivir de espaldas a los problemas reales de las personas. La pobreza, las desigualdades, los conflictos, la soledad o la falta de oportunidades son desafíos que exigen atención, compromiso y respuestas concretas.
En esa misma línea, el papa ha insistido en una idea que interpela tanto a creyentes como a no creyentes: la fe no puede quedarse recluida en las iglesias ni limitarse al ámbito privado. Debe proyectarse en la vida cotidiana a través de la solidaridad, la responsabilidad y el servicio a los demás. Debe convertirse en una fuerza capaz de generar esperanza, tender puentes y contribuir al bien común.
Aún quedan jornadas importantes por delante, nuevos encuentros y nuevos mensajes que sin duda dejarán una huella profunda en la sociedad española. Me quedo con su llamamiento: “¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Jesucristo no nos quita nada y nos da todo”.
Por último, en la vigilia con los jóvenes nos recordaba el papel de Santiago el Mayor en la evangelización de nuestro país y aprovechando esto no me resisto a decir: ¡Santo padre, le esperamos en Santiago de Compostela!
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