Jorge Vázquez
SENDA 0011
Lo que no se cuenta en el escenario
Escucho emocionado “The days we left behind” (“Los días que dejamos atrás”), el adelanto de su nuevo disco. Ahí está, 83 años, un beatle no se rinde jamás. Qué hermosa canción. Sin grandes alardes: un piano y una guitarra eléctrica. Como siempre, él toca todos los instrumentos. Cierto, hay tanta ternura en la canción que te invade una turbadora melancolía.
El clásico dice: “No olvides nunca al niño que fuiste”. Así, Paul se sumerge en su infancia. Él nació en 1942, tiempos bélicos. La poderosa Luthwafe alemana no cesaba de bombardear las ciudades inglesas. Más de 50.000 ingleses perecieron, millones de personas deambulaban a la búsqueda de refugios. Hitler quería a Inglaterra arrodillada a sus pies. Allí estrenó los terroríficos misiles V-1 y V-2.
El mítico mensaje de Churchill golpeó los corazones de sus compatriotas: “Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. Después, apenas con 6 años, Paul vivió la dura posguerra. No tan cruel como la española. Tuvieron el Plan Marshall y muchas ayudas, y nuestro país quedó solo e inasequible, las cárceles y los cementerios llenos.
“No olvides nunca al niño que fuiste”, un mensaje de Paul McCartney que conecta su infancia, la memoria histórica y la ternura de su música en The Days We Left Behind
En aquella infancia, conoció a John. Hablemos de él. Estos días se cumplen 56 años del happening pacifista de Lennon. Recordemos, después de casarse con Yoko en Gibraltar, la pareja partió hacia Ámsterdam, alquilaron una amplia habitación en el Hilton y pasaron su luna de miel desnudos, rodeados de pancartas, abiertas las puertas a los periodistas. Allí estaban los dos, sonrientes, con pancartas por la paz en las manos. Allí se hizo popular la hermosa sentencia: “Haz el amor y no la guerra”. Aquel gesto incendió el alma de los jóvenes de aquella generación. La frase fue la bandera de los norteamericanos que se negaban a ir a Vietnam. Entonces, comenzaron a romper las cartillas de reclutamiento. En los setenta yo conocí a muchos desertores en la isla de Formentera. En aquella guerra murieron más de cincuenta mil soldados norteamericanos y mucho más de un millón de vietnamitas. Una cifra mayor quedaron lisiados. Mordió el polvo Estados Unidos.
Los soldados que regresaban heridos decían: “Entre el infierno y la guerra, la guerra es mucho peor”. Francis Ford Coppola, en “Apocalyse Now” (1979) refleja con dureza aquellos años. No olvidemos “Platoon” (1986) y para mí, la mejor “La chaqueta metálica” (1987). Aquella frase maldita de un soldado: “Me encanta el olor a napalm por la mañana”, en la voz del malogrado actor Robert Duvall, que recientemente nos dejó.
Jamás podré olvidar la visión de aquellos helicópteros en la terraza de la embajada de los Estados Unidos en Saigón. Las tropas de Ho Chi Minh, muy cerca, cantando victoriosos. Diplomáticos, soldados, colaboradores, nativos... peleándose por subir a aquellos UH-1 Huey, que los rescataban. Muchos quedaron en la estacada.
Ay, John... vuelve a cruzar el planeta la errante sombra de Caín. Inevitable, otra vez gritaremos contigo: “Haz el amor, no la guerra”.
Pero, que no se me vaya la olla, vuelvo al tema de Paul MacCartney “The days we left behind”. La historia de su infancia: “Mirando hacia atrás, blanco y negro, recuerdos de mi pasado, bares llenos de humo y guitarras baratas / No compré nada hecho para durar. Nada permanece. Nada viene a mi mente / Nadie puede borrar los días que dejamos atrás”.
(Cierto, los recuerdos son armas para seguir avanzando).
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