Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Esta semana he tenido que rellenar un formulario con mis datos personales. He ido respondiendo con rapidez, lo que no tiene ningún mérito, hasta encontrarme con la pregunta sobre mi año de nacimiento. Y he dudado. Por un instante he tenido que parar y hacer cuentas para no equivocarme. Y volví a dudar: ¿me pasaba porque ya no sé llevar las matemáticas de mi tiempo o porque mi carácter dubitativo seguía traspasando límites normales? Y en esa indecisión permanente vivo.
Pensé en algún momento que un buen antídoto para ir superando dudas y afianzar creencias era justo el paso de los años. Que el conocimiento, la madurez, la experiencia, la educación y un sinfín más de cosas te iba dando herramientas fuertes para tomar decisiones, casi sin pestañear. Pero a mí no me ha funcionado. Me voy haciendo mayor y conmigo crecen las dudas. Desde las más intrascendentes hasta las más existencialistas, desde las más lógicas hasta las más irracionales. El catálogo es amplio.
Consciente de la importancia de eliminar con precisión quirúrgica la indecisión que paraliza la toma de decisiones, también estoy convencida de que dudar es un ejercicio sano y necesario. Me cuesta entender cómo ante las grandes incertidumbres que se nos vienen hay tantas personas asentadas, sin un solo pestañeo, en verdades absolutas y sin aristas. Personas que no admiten ni el más mínimo cuestionamiento ante sus convicciones. Y eso resulta tan perjudicial como necesitar siempre que alguien te ayude a decidir.
Sin dudas, no podría existir la filosofía. Ni la ciencia. Ni el progreso. Ni los avances. Si no cuestionamos lo establecido, si no nos hacemos preguntas ante lo que otros cuentan, si no intentamos buscar respuestas propias, somos presa fácil para engaños y manipulaciones.
Pero también hay que saber cómo y de qué dudar. Y sobre todo, haber aprendido dónde buscar y encontrar el conocimiento que despeje desconfianzas y nos lance hacia adelante. Y evitar así que nada nos empuje hacia atrás.
¿Queremos dudar del cambio climático o de que la tierra es redonda? Hagámoslo. Siempre y cuando tengamos la mente abierta a aceptar las evidencias científicas que demuestran lo contrario y no nos dejemos atrapar en directrices fanáticas que no se sostienen. La duda, cuando no es irracional, siempre sirve para aumentar la inteligencia y evitar la manipulación.
El dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht, en su Loa a la duda, escribe: Son los irreflexivos los que nunca dudan. Su digestión es espléndida, su juicio infalible. No creen en los hechos, sólo creen en sí mismos. Si llega el caso, son los hechos los que tienen que creer en ellos.
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