Xose A. Perozo
PENSAR POR PENSAR
A difícil arte de ben mentir
EL ÁLAMO
Hay cerca de 400.000 venezolanos viviendo en España. La mayoría llegaron aquí huyendo de la dictadura asesina de Maduro. Y una minoría, los bolichicos, vinieron aquí para escapar de la miseria venezolana y poder disfrutar en la milla de oro de Madrid de la inmensa fortuna que sus papás chavistas robaron a los venezolanos. Comparto la alegría de los primeros, que ojalá puedan pronto volver a su querida tierra, y celebro la zozobra de los segundos, que ojalá puedan pronto refugiarse en Teherán, y disfrutar de las bondades y lujos de la revolución islámica con la que hacen negocios.
Venezuela ha dado un gran paso hacia la libertad. Y no me interesa nada la opinión de los enemigos de Trump que cercan estos días la embajada de Estados Unidos en Madrid, a los que Caracas les importa tanto como Gaza, y que jamás pisarán suelo venezolano. Hoy se rasgan las vestiduras porque los americanos han pegado cuatro tiros y ha extraído el tumor bolivariano en Fuerte Tiuna sin anunciarlo antes a toda la comunidad internacional, para que el dictador pudiera huir, pero nunca han dicho ni una palabra sobre las torturas de El Helicoide, ni sobre la anomalía extrema que supone perder las elecciones y mantenerse por la fuerza en el palacio de Miraflores, ni sobre el detalle no menor de haber cubierto de agentes cubanos armados el puesto de los venezolanos exiliados.
Es suficiente con que observes la reacción de los pocos venezolanos que libremente pueden exteriorizarla, que son los que viven en la clandestinidad o en el exilio. Su alegría es todo lo que está bien en esta historia.
Me río a mandíbula batiente del orden jurídico internacional que defienden quienes hacen la vista gorda ante la mafia mundial de los cárteles de droga con epicentro en Caracas, a cuyos líderes jamás les piden explicaciones sobre sus redes de crimen global, los verdaderos amos del mundo. Me río de los que hablan de violación de la soberanía venezolana, quienes ven con buenos ojos tales violaciones cuando las cometen a diario y desde hace años agentes rusos o cubanos instalados en Caracas para perseguir a los disidentes. Me río de los que acusan a Trump de querer quedarse con el petróleo venezolano, como si fuera mejor que lo siguieran saqueando a medias China y Rusia, y como si el régimen no hubiera robado ilegalmente activos de empresas petroleras americanas durante años. Y me río más aún de los que hablan ahora de imperialismo yanqui, mientras se vuelven ciegos cuando es Irán quien financia el terror y la revolución bolivariana en todos aquellos lugares en los que pueda zaherir a Occidente, infiltrando en toda Europa carniceros islámicos, y agentes de desestabilización.
La acción de Trump les parece excesiva. Quizá porque no tirotearon al reo y lo arrojaron al océano, como hizo Obama con Bin Laden. Quién sabe. La alternativa al plan de Marco Rubio, la de los planchabragas de la revolución, desde los tuercebotas de Bruselas hasta el sonámbulo Joe Biden, ya la conocemos: dejar que el eje del mal, del totalitarismo comunista, y de la droga se siga haciendo cargo del mundo, cada día un poco más, porque al menos así no gobierna la derecha. A los torturados a diario en El Helicoide por no votar a Maduro les ha ido extraordinariamente bien con esta estrategia desde hace más de una década. No hay más que ver cómo gritan de alegría en la cárcel del terror de Maduro.
Si aún conservas alguna duda sobre el juicio moral y político de la brillante e histórica actuación de las fuerzas especiales de Estados Unidos en Caracas, no es necesario que te tortures leyendo los editoriales de los voceros europeos de Maduro, siempre untados y nunca imparciales, es suficiente con que observes la reacción de los pocos venezolanos que libremente pueden exteriorizarla, que son los que viven en la clandestinidad o en el exilio. Su alegría es todo lo que está bien en esta historia. Una historia grande y bonita que solo acaba de empezar.
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