Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
La pasada semana despedimos a Boris Spassky (1937-2025) ajedrecista campeón mundial si bien muchos lo recuerdan como el perdedor de la “partida de la Guerra Fría” contra Bobby Fischer.
En 1992 el mafioso Yezdimir Vasilievich reunió a ambos, buenos amigos, para repetir el duelo en la sancionada Yugoslavia. Fischer ganó de nuevo.
Spassky fue un niño prodigio que se enamoró del tablero en el tren de evacuación de Leningrado, cuando los nazis asediaron la ciudad soviética durante la II Guerra Mundial. Deportista mimado por el régimen comunista, era el vigente campeón hasta que, en 1972, puso el título en juego contra el estadounidense Bobby Fischer.
Fue un capítulo más de la “Guerra Fría” entre la URSS y Estados Unidos. La lucha por la supremacía intelectual entre los dos sistemas. Las presiones políticas para ambos fueron tremendas. Henry Kissinger “persuadió” a Fischer para que participase. El Politburó soviético concentró y trató a Spassky como un esclavo durante el evento.
Ganó el tan genial como imprevisible Fischer. Desde ese momento, Spassky cayó en desgracia entre la elite soviética, pese a su gran talento. Las autoridades también impidieron su boda con la francorrusa Marina Stcherbatcheff, por lo que huyó y se nacionalizó francés en 1984.
En 1992 el mafioso Yezdimir Vasilievich reunió a ambos, buenos amigos, para repetir el duelo en la sancionada Yugoslavia. Fischer ganó de nuevo.
En 2010 sufrió dos ictus y acusó a su mujer de secuestrarle en su casa. En 2012, con el beneplácito del servicio secreto de Putin y el apoyo de una amante rusa, salió de forma rocambolesca de Francia y regresó a la madre patria.
Spassky siempre admiró a Fischer. En 2008 acudió a su entierro en Islandia y, dicen, preguntó irónico si la tumba contígua quedaría libre para él.
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