"El Stradivarius" de la gaita y la zanfona

TRIBUNA

Publicado: 31 ago 2026 - 05:16
Santalices, mago de la zanfona con el Coro Os Enxebres. Vida gallega nº 560 .
Santalices, mago de la zanfona con el Coro Os Enxebres. Vida gallega nº 560 .

Hoy el más mediático, entre los luthiers, es el lucense Abraham Cupeiro; hizo revivir el Karnyx. Antaño -hace un siglo-, fue Faustino Santalices… El ourensano había protagonizado el milagro de revivir la gaita y de resucitar un instrumento enmudecido: la zanfona. Uno y otro, además de ser musicólogos, poseían dominio técnico en el trabajo del metal, el primero; en el de la madera, el segundo.

A nadie le puede sorprender, por lo tanto, que, a finales de la segunda década del XX, Santalices más que como burócrata fuese conocido, en los círculos socioculturales, como luthier. En donde, realmente, brillaba su ingenio era en el taller. Y, aunque era abogado, y, se ganaba la vida como secretario del Gobierno Civil de Ourense, sin embargo, había sido el arte de construir instrumentos como la gaita gallega -entre 1895 y 1903, ya había elaborado 32 gaitas-, o la zanfona -aparato musical arqueológico- lo que le convertía en el referente artesano del resurgir instrumental folclórico de Galicia.

Tanto por las indagaciones científicas que había hecho, como por su propia experiencia vital -un tío suyo, le había presentado, cuando estudiaba bachillerato en Celanova, al famoso gaitero de Peralta-, había concluido que, si bien existían diversas clases de gaitas, la que respondía, de manera más fiel a la tradición cultural artística de nuestro país, era la “tumbal” -si bemol-. Era el instrumento clásico que tocaba el gaitero cantado por Curros, el que inspiraba al de Soutelo de Montes o el que ejecutaba con maestría el de Ventosela. Influido por estos juglares de la música popular gallega y, también, por la iconografía medieval, en su obrador construía, con maestría, ejemplares de este modelo. Había que prestarle atención preferencial al ronco, al puntero y al fol. El intríngulis -según Santalices- consistía en la perforación exacta del primero, en los agujeros del segundo, y, por encima de todo, disponer de una buena “palleta”.

Difícil arte… Además de construir; era imprescindible… templar. Sin ella, no habría gaita posible. El artilugio de dos cañas muy finas, montadas sobre el “tudel”- tubo de metal-, era la parte vibrante del “puntero”, e imprescindible para conectar la boquilla al cuerpo sonoro del instrumento. Después no solo valía con soplar, sino que, también, se requería, al igual que en el oboe o en el fagot, del tempero.

Aun así, si hubo un instrumento medieval, independientemente de la gaita, por el que quedó cautivado, ese fue la zanfona. La rescató de las paredes de los anticuarios e hizo que sonase de nuevo. En 1928, al disertar con motivo de la Exposición del Arte gallego sobre “la poesía juglaresca y la música popular”, acompañó su ponencia con ilustraciones de aquel instrumento que había sido el predilecto de los juglares de la escuela lírica galaicoportuguesa.

La poesía era cantada a su son. No era extraño, pues, que apareciese representado en el pórtico de Santiago entre los ancianos del Apocalipsis del maestro Mateo; o dibujado, con las cuerdas, la rueda y el teclado, en una cantiga de Alfonso X el Sabio. Pese a todo, lo que era más que una conjetura, era que, con el tiempo, había dejado de sonar en los palacios; más aún, tras la malograda María Antonieta que era una amante de este arqueológico instrumento. Excepcionalmente, desde aquel instante, había quedado relegado a ser tañido por cantores nómadas; en especial, por ciegos.

El musicólogo ourensano, precisamente, en 1949, participa en el Certamen Internacional de Instrumentos Antiguos con una zanfona que había pertenecido a una invidente muy famosa de la ciudad del Lérez. Obtiene el primer premio y le da vida a aquel aparato de sonido bucólico, que, ciertamente, por la dulzura que desprende no es apto para alegrar las danzas populares, pero sí para acompasar las cantigas. Si vibró en las romerías -decía Santalices- fue porque se convirtió “en el verbo lírico de las quejas ancestrales”.

No obstante, la restauración de un instrumento de tan noble prosopia como el que nos revelaba el luthier ourensano, requería de una obra, realizada por él mismo, que sacase del anonimato tanto la historia como la técnica de aquella reliquia enmudecida. Había que aprender de nuevo a construirla, a tañerla y a gustarla. Con este propósito editó un trabajo, con prólogo de Ramón Cabanillas, publicado en Lugo. En él, a las explicaciones de aquel artilugio musical, le acompañaban ilustraciones útiles para su aprendizaje.

Es natural que la gaita, como la más genuina expresión de la música popular gallega, siga gozando del favor de todos los gallegos. La muiñeira -afirmaba Emilia Pardo Bazán- “es la mezcla de melancolía y de gozo” y, en efecto, esto la hacía especial entre los bailes en las fiestas de nuestras aldeas. Sin embargo, la zanfona no era tan compatible con el bullicio. No encajaba con aquel ambiente. Era más mística. Ahora bien, a su son resurgía la voz de los juglares medievales que cantaban las cantigas de la lírica galaica portuguesa; o a las “Cantigas de cego” que entonaba un coro de invidentes en el año jubilar con motivo de la apertura de la “Puerta Santa”. En la capital del Apóstol, en Año Santo -como el que está por llegar-, para honrarlo, recitaban mientras tañían la zanfona; “O Alalá foi a Roma; O Alalá foi e veu; Foi dicirlle o Padre Santo; que viñese ó xubileo”.

Contenido patrocinado

stats