Rosendo Luis Fernández
PSOE y BNG rompen filas
Durante años, pedir la derogación de la XIX Enmienda de la Constitución estadounidense -la que desde 1920 extiende a la mujer el voto- fue sólo una provocación ultra. Ya no basta con reírse. No hay todavía una iniciativa legislativa seria para abolir el sufragio femenino, pero la idea circula por espacios próximos al movimiento MAGA. El episodio más grave lo protagonizó Pete Hegseth, secretario de Defensa de los Estados Unidos, cuando difundió un reportaje en el que se defendía derogar la XIX Enmienda y un clérigo proponía que se votase por hogares. El máximo responsable del Pentágono coqueteaba con la idea de privar de ciudadanía política a la mitad de la población. El argumento es antiguo y profundamente antiliberal: la familia, y no la persona, sería la unidad social y política básica. El marido representaría a la esposa y como “cabeza de familia” expresaría la voluntad familiar con su voto.
Turning Point USA, organización hiperconservadora presidida por Erika Kirk, reunió el mes pasado a más de dos mil jóvenes en su cumbre femenina de San Antonio. La organización está normalizando un discurso donde la autonomía femenina aparece subordinada a la maternidad, la obediencia religiosa y el papel tradicional de esposa, con el marido como tomador de las decisiones hacia fuera del hogar. En sus intervenciones, Kirk ha sugerido además que las mujeres preocupadas por su carrera profesional o política yerran al “buscar un sustituto de aquello que no encuentran en una relación”. Tiene gracia que lo afirme precisamente ella, que vive de un deplorable chiringuito mediático-político.
Presentar la dependencia respecto al marido como libertad, y la independencia personal como patología, prepara culturalmente el terreno para propuestas más brutales aún, que ya se están cociendo en los cenáculos de la ultraderecha. Defender que una mujer pueda elegir libremente dedicarse a su familia es razonable, pero sostener que esa elección constituye su función natural, que debe someterse políticamente al hombre o que sus derechos dependan de su estado civil es, en cambio, de un autoritarismo insoportable y merece una oposición frontal, hostil incluso, por parte de cualquier persona decente, ya sea hombre o mujer. Es intolerable y no puede recibirse con indiferencia. Hasta aquí hemos llegado. Basta ya. La libertad permite ser madre o evitar serlo, ser empresaria o trabajadora, soltera o casada, religiosa o atea, monja o prostituta, profesional o ama de casa, de izquierdas o de derechas… lo que a cada una le dé la real gana en ejercicio de su inalienable soberanía individual. El conservador, ante ello, que opine lo que quiera pero a la postre su papel único es aguantarse, o habrá que pasar a mayores.
El voto femenino no es una concesión del hombre, de la familia, de una iglesia ni del Estado. Es la expresión política de la soberanía personal
El tradicionalismo pretende convertir una opción vital particular, hoy minoritaria, en un mandato social. La misma lógica vemos en fórmulas como el llamado “voto Demeny”, que propone conceder votos adicionales por los hijos menores que uno tenga. Vox llegó a coquetear con esta idea en sus primeros años, haciendo de los padres depositarios de los derechos políticos de sus hijos. Aunque formalmente no elimina el voto femenino, también esta aberración jurídico-política rompe el principio liberal de una persona-un voto. La idea era que las familias numerosas, generalmente vinculadas a ciertas órdenes y prelaturas, tuvieran mayor peso electoral del que les correspondía. Además, queda abierta la pregunta de quién decide esos votos dentro de unos hogares concebidos jerárquicamente.
El sufragismo fue una rebelión liberal contra privilegios jurídicos basados en el sexo. Reclamaba que cada mujer fuese reconocida como propietaria de sí misma y ciudadana plena: igualdad ante la ley, autonomía personal y rechazo tanto del paternalismo estatal como del familiar. Europa no debe contemplar esta deriva norteamericana con indiferencia. Las ideas antiliberales atraviesan el Atlántico con la misma rapidez que las modas políticas. Primero se presentan como provocaciones, después, como debates legítimos y finalmente, como propuestas normalizadas. La respuesta debe llegar en la primera fase. Este proceso estadounidense debe verse desde Europa con absoluta indignación, advirtiendo a Washington de las consecuencias para la relación transatlántica si se permite que alcance algún desarrollo práctico. Europa no puede comerciar ni relacionarse con unos Estados Unidos que devengan un Irán cristiano, con su propia sharía misógina.
El voto femenino no es una concesión del hombre, de la familia, de una iglesia ni del Estado. Es la expresión política de la soberanía personal. Quien pretende arrebatárselo a las mujeres no está defendiendo la tradición frente al progresismo “woke”: está atacando la libertad. Ante semejante regresión no caben equidistancias, matices tácticos ni silencios complacientes. El rechazo debe ser frontal, absoluto y universal. Y si ha de cursar con medidas de extrema dureza, pues que así sea. El Occidente desarrollado, cénit hasta hoy de la civilización humana, no admite semejante retroceso. La Ilustración liberal no es cuestionable.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último
SEGURIDAD VIAL
Fornelos de Cova cuenta con un acceso al pueblo más seguro
MEJORA DE LOS ACCESOS
Bande y Xunta sellan su alizan por el Mercado do Xurés
INVERSIÓN DE 450.000 EUROS
Parada de Sil recupera cerca de 29 hectáreas de soutos